Polvo de estrellas. A veces, por un segundo somos capaces de verlo. Donde no había nada más que un estercolero, polvo de estrellas. Durante un rato, uno puede alejarse. Mirar desde otra perspectiva. Sentirse muy pequeño. La última mota de un inabarcable universo que no es más que una gota de agua en la cascada del multiverso. Apenas imperceptible. Y puede también sentirse enormemente grande. Un milagro de la evolución. Impresionante. Único. Capaz de tocar con sus propias manos un cosmos que empezó a mirar de cerca hace apenas cuatro siglos. Ocurre pocas veces. Apretar un botón y ver polvo de estrellas. Observar la selección natural en acción. Y entender cómo el ser humano ha llevado a cabo una selección artificial que ha modelado el mundo a nuestro antojo. Que ante nuestros ojos desfilen cinco extinciones en masa. Momentos en los que la vida sobre este planeta estuvo a punto de desaparecer. Y, sin embargo, maravillarse porque la vida siempre se abre camino. Aunque aún hoy no entendamos cómo apareció aquí por primera vez. Pasa muy pocas veces, pero pasa. Encender la televisión y ver polvo de estrellas. Y olvidarse de realities absurdos. De talent shows en los que lo único que brilla es la ausencia de talento. De nóminas millonarias de presentadores con un currículo cuestionable. De desechos catódicos. Ocurre pocas veces. Pero Cosmos lo consigue: envolvernos en polvo de estrellas.