El enemigo interior


Sangre y babas fluyen por los fotogramas de Rabia, con la que Cuatro busca redimirse en materia de ficción española. No es preciso tener un máster en teleseries para verla y pensar en una mezcla de The Walking Dead y Perdidos, pero Rabia cubre con dignidad el expediente para los amantes de la acción y el suspense que buscan pasar el rato.

Desde que las ficciones nacionales se han hecho mayores y vuelan en busca de géneros menos trillados en España, la ciencia ficción sigue siendo una obvia asignatura pendiente por cuestiones presupuestarias. En El misterio de Calenda, las transformaciones del hombre-lobo transcurrían en off para no mostrar lo que no era posible. En Refugiados, la única peculiaridad física de los viajeros del futuro era una luz roja en el pecho; el resto era guion.

En Rabia, los afectados por un virus que los convierte en potenciales asesinos se lanzan a experimentar sus grimosas metamorfosis frente a la cámara. Un ejército de prótesis de silicona, látex y lentillas salvan el trance como una película de serie B cuyo principal atractivo es una trama de acción y personajes, fugitivos marginados que guardan al enemigo en su interior. Previsible, pero solvente para una cadena generalista. También la serie es portadora de un gran obstáculo dentro de sí: una larguísima duración cercana al largometraje, pero que, en el primer intento, le permitió brillar en audiencia.

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El enemigo interior