Estamos viendo series por encima de nuestras posibilidades. Muy mal debe pintar la cosa cuando algunos directivos de canales americanos empiezan a lanzar señales de alerta. Vivimos, opinan, en una burbuja de ficción difícil de sostener a la que le quedan, como mucho, dos o tres temporadas. El tirón de la llamada edad dorada se acerca, según pronostican, a ese punto de la cumbre donde el único camino que queda es hacia abajo.
Cuando el talento de Hollywood quedó esquilmado, muchos festejaron la mudanza del ingenio que llevó a la televisión a sus tiempos de mayor gloria, pero este nuevo caladero también está sometido a tiranías comerciales.
Algunos interpretan la segunda temporada de True Detective como un aviso a navegantes. El éxito para una serie puede ser un regalo envenenado, porque suele llevar aparejada la obligación de estirar el producto por derroteros no previstos, aunque en su concepción inicial hubiera sido una historia cerrada con principio y final. Era arriesgado prolongar True Detective sin el empaque del atormentado Rust Cohle y esa filosofía nihilista que hacía al espectador pasar con avidez a la página siguiente. Distintos personajes, distintos actores, distintos lugares. Cuando en una revista americana le preguntaron a su autor, Nic Pizzolatto, qué hacía que la segunda temporada fuera el mismo producto que la primera él sentenció: «Yo».