Qué difícil es programar para la mayoría. Uno tiene sus gustos y suele pensar que allí donde pone el ojo pone la bala. Pero la audiencia siempre sorprende. De hecho, si a voleo hiciésemos una encuesta es probable que el público despreciase con porcentajes muy altos a los programas estrella. Si a un colega le preguntas por Mujeres, hombres y viceversa (¡lleva siete años!), por Supervivientes o por Sálvame... jamás los subiría a la parrilla e incluso públicamente los despellejaría.
Afortunadamente para quien le va el sueldo en ello, la audiencia vota sin juicio moral y se sacude los prejuicios de un plumazo. Y si siguiésemos con esa misma encuesta es seguro que todos demandaríamos más espacios informativos, entretenimiento blanco, programas educativos y que reventaríamos el mundo mediático existente porque sabemos qué es bueno y qué es malo. Pero no es así y tampoco el argumento de «a la audiencia le vale todo» se mantiene.
Lo que desde luego no encaja es que lo que uno escoge y cree como verdad absoluta pueda aplicarse a la mayoría de manera impositiva. Para muestra los directivos de TVE que, imaginando el aplauso amplio, han tenido que tragarse el pensamiento de Buruaga, la alfombra roja de Moreno y el humor de los Morancos. La audiencia no es un estereotipo, es lo más parecido a tú y yo.