Hay empleos, como el de concursante de Gran Hermano vip, en los que haber leído un libro es un punto negativo en el currículo. Para armar gresca y atender al instinto más primario, cunde más un intelecto a monte. Pese a esta certeza, los exabruptos alumbrados en el programa son capaces de abrir grietas como si fuese el oráculo quien dictase sentencia. Telecinco se enfrentó esta semana a un presunto conflicto por los comentarios homófobos y xenófobos que, con supuesta espontaneidad, profirieron dos concursantes de su reality clase A. Tenían dos opciones ante el revuelo ocasionado. Una era expulsarlos fuera de cámara para restar trascendencia a una situación incómoda; otra, hacerlo a bombo y platillo. La decisión no fue difícil. Con la apisonadora de Cuéntame acaparando al público a la misma hora y los números de la cadena de capa caída a merced de Alatriste, una expulsión disciplinaria en prime time era una oferta imposible de rechazar.
Lo que iba a ser un castigo ejemplar se quedó en amistoso tirón de orejas, que permite a los acusados continuar como invitados. Sospecharán los mal pensados que todo esto tiene que ver con que los dos expulsados van a tener pronto programa propio en Cuatro, cadena hermana, y que las formas de promocionarlo son infinitas. Sea o no así, más de cuatro millones de espectadores jalearon la estrategia.