En uno de los talleres de cocina que se celebraron esta semana los pequeños coreaban el título del programa con entusiasmo. No solo aprenden a cocinar, también a comer y a convertirse en pequeños «foodies»
05 ene 2014 . Actualizado a las 13:11 h.El jueves comenzó la segunda tanda de los talleres de cocina que estas Navidades organiza la Fundación Novacaixagalicia en tres ciudades gallegas (A Coruña, Vigo y Ferrol). Las plazas han volado a pesar de que los promotores de la actividad reconocen que apenas han dedicado presupuesto a su difusión. El éxito estaba asegurado por la fiebre gastronómica que están demostrando los más pequeños. «Todos quieren ser Masterchef», dice el chef Javier Santamaría, que en Ferrol se encargó de mucho más que cocinar con los chavales. «También sirve para que aprendan otras nociones, como la higiene», explica ante unos niños impacientes por ponerse ante los fogones. «Queremos hacer pulpo», solicita uno, mientras otro le rebate que lo «guay» sería llegar a casa sabiendo cómo preparar una merluza. Aprenden a cocinar, a comer y, de paso, se convierten en pequeños foodies o amantes de la buena mesa.
«No solo se trata de entretener a los niños, estas clases nos demuestran su capacidad de aprender, de compartir y dejan claro que ante la cultura de la comida no hay barrera de edad alguna», explica María Teresa Cores, directora de contenidos de la Fundación Novacaixagalicia, entidad pionera en este tipo de obradoiros. «Mucho antes que Masterchef ya los hacíamos en Vigo, tenían tanto éxito que lo hemos llevado al resto de Galicia», zanja. A Santamaría le sorprende lo que a muchas familias: la rapidez con la que los pequeños se apuntan a lo bueno: «El primer día me atreví a traerles salmón ahumado para hacer un rollito, venía con miedo pensando en que lo podían rechazar, porque era pescado y un ahumado, pero mi sorpresa fue que los que lo conocían ya lo apreciaban e invitaban a los demás a que lo probasen», dice. Por eso muchos niños salen de las aulas pidiendo aceite de oliva virgen extra o jamón «del bueno», ya que aprender a diferenciar sabores es otro de los objetivos de estas sesiones.
«Hoy hemos comenzado, por ejemplo, con un batido arándanos y moras, porque las frutas silvestres son muy potentes para la nariz y enseguida se han percatado de eso», explica un profesor que tiene claro que este tipo de actividades tiene mucho futuro. «Yo quiero ir a Masterchef, pero también cocinar en mi casa», reconoce uno de los niños enfundado en un delantal poco después de que su profesor confiese que casi todos los asistentes tienen en mente el ya famoso programa de televisión.
«Todos los niños conocen la cocina, como sucede con el arte, pero acercarles de esta forma a la gastronomía abre mucho más las posibilidades», recalca la responsable de una programación que comenzó como una experiencia piloto en la Fundación y que ya se ha ganado su permanencia.
Al cocinero Javier Santamaría le ilusiona el reto, aunque reconoce que tiene un punto de estrés tener que explicar recetas a un público infantil tan entusiasmado cerca de cuchillos: «Es agotador, cuando terminamos el primer curso me parecía que había trabajado para una boda con cien invitados y solo fueron tres jornadas».
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