La comedia que solo ¿exagera? la vida cotidiana

La TVG estrena mañana, a las 22.45, «Chapa e pintura», la nueva ficción para los lunes. De los productores de «Mareas vivas», «Padre Casares» y «Matalobos». producida por Voz Audiovisual, la serie cuenta con un reparto de excepción


La vida misma, pero llevada al terreno de la parodia, aunque ya se sabe que muchas veces la realidad supera a la ficción. Grabada mayoritariamente en los platós de la productora, pero también en diversos exteriores e interiores naturales, Chapa e pintura nos transporta a un ficticio pero muy reconocible vecindario en el que, entre otros establecimientos, conviven un taller de motos y un salón de belleza. Una tranquila y próspera calle peatonal donde la vida podría transcurrir de modo placentero, si no fuera por las intrigas de sus vecinos, envueltos en esa guerra tan incruenta como divertida, que es la guerra de sexos. Chelo y Raúl llevan más de 20 años casados, cuando ella descubre que su aparentemente idílico matrimonio ha sido en realidad un desfile de infidelidades. E infidelidades de las que duelen (más si cabe): repetidas, descaradas e indiscretas. Una desgracia. Pero como las tragedias no vienen solas y menos cuando uno está casado (aunque sea mal casado como en este caso), el mismo día que Chelo descubre su tragedia, Raúl se queda sin mujer, sin trabajo y sin casa. Justicia poética.

Aunque nuestro galán, al que le faltan recursos pero le sobra desvergüenza, poco tardará en encontrar refugio en la casa de su hijo Lucas Miroslav y sustento en el negocio de Ciriaco, su suegro.

Como cualquier guerra que se precie, aunque sea de sexos, y con la comedia como campo de batalla, los personajes de Chapa e Pintura se ordenan en dos bandos fácilmente reconocibles.

En el de los hombres, el gran protagonista es Manuel San Martín (Géminis, Libro de familia), que interpreta a Raúl Rois, un seductor contrastado que atraviesa una mala racha, un hombre sin recursos pero con un talento desmesurado para el escaqueo. En definitiva, un caradura simpático que no parece ser consciente de las consecuencias que acarrean sus actos. Vendedor a domicilio, sus técnicas de venta no acabarán de convencer a su jefa, que en el primer capítulo y tras una rocambolesca relación, lo pondrá de patitas en la calle. Una carambola del destino hará que, en ese mismo momento, Raúl pierda su casa y a su mujer. Además de su trabajo. La guerra ha comenzado y el «todo vale »se ha instaurado en la Rúa das Zocas. La consigna es clara: Raúl tiene que reconquistar a su mujer.

Y con ella, su casa. Y su trabajo. ¿En qué orden? Eso es lo de menos. Pero Raúl aún tiene a su hijo: Xoel Yáñez (Matalobos, Vilamor) es Lucas, el motivo de su unión hace más de 20 años. Es lo que comúnmente se conoce como un hijo del penalti. Lucas tiene muchas virtudes. Seguro. Pero de él solo conocemos sus problemas. ¿El primero? Que Raúl, su padre, se instala en su casa cuando Chelo lo pone de patitas en la calle. El segundo es que guarda un secreto que no quiere que su familia descubra... Algo que sucederá si su padre se instala en su casa. Y el tercero, que arrastra desde que llegó a este mundo, es su propio nombre. Porque Lucas no es solo Lucas, es Lucas Miroslav. Las explicaciones, en la serie.

Y en este trío de personajes masculinos que mandan en la serie entra Miguel Pernas (Mareas vivas, Pratos combinados, que interpreta a Ciriaco, padre de Chelo, abuelo de Lucas y suegro (o exsuegro, según se mire) de Raúl. Exlegionario y dueño de un taller de motos, es un machista empedernido (y convencido) que, ante la ruptura del matrimonio de su hija, se posicionará al lado de su yerno. Postura poco habitual en estos casos, pero normal si se conoce al animal. Y lo conoceremos. Y descubriremos que a animal, a Ciriaco hay pocos que le ganen. Concluyendo: no solo dará empleo y sueldo a su hijo político; también trinchera y ayuda en la batalla.

En el entorno del taller se mueven Serafin (Fernando Dacosta, Pradolongo, A metade da vida) que es empleado de Ciriaco en el taller. Y aunque en el negocio son cuatro, en realidad, trabajar, trabajar, solo trabaja él... porque es el único que realmente sabe de motos. Y tiene ganas de trabajar, por supuesto. El resto de sus compañeros (a saber: Ciriaco, Raúl, Demetrio) ganas tienen. De qué, no se sabe. Pero de trabajar seguro que no. Serafín es el perfecto ejemplo de ser humano que ha nacido para obedecer, asentir y sonreír. En el trabajo y en su casa. Tras años de convivencia con Rita (ya hablaremos de ella después) ha hecho de la resignación un arte.

La guinda la pone Fernando González, un joven actor pero sobrado de talento, que hace el papel de Demetrio. La poca cordura que podemos encontrar en el taller de motos, se la debemos a él. Y Demetrio tampoco va sobrado de ella... Sobrino de Ciriaco y primo de Chelo, acaba de salir del seminario. Anécdota para cualquiera, en su caso el seminario le imprimió carácter. Poco. Y esta ausencia de carácter le ha generado un curioso mecanismo de defensa ante el mundo: cuando algo le asusta, disgusta, impresiona... se desmaya. Porque sí. O porque no.

Y también están ellas, claro: Mara Sánchez (Mareas vivas, Libro de familia, Matalobos) es la sufrida Chelo; el vivo rostro de una mujer defraudada. Se creía una mujer fuerte y cabal, pero los acontecimientos parecen haberla desequilibrado un poquillo... Y el resultado es que Chelo se asoma peligrosamente al abismo de la histeria. Y no es para menos, pues lo que para ella era un matrimonio de ensueño de 20 años ha resultado ser una farsa. Chelo está atacada y al ataque y, desde su cuartel general (su salón de belleza) acecha al enemigo que se esconde en la acera de enfrente.

En esta nueva vida, Chelo tiene una gran aliada: Carolina Vázquez (Padre Casares, Matalobos, A miña sogra e mais eu) es Lola, la mejor amiga de Chelo y clienta incondicional de su peluquería. Son como el día y la noche. Aclaremos esto; no es que sean muy distintas. Es que Chelo trabaja de día y Lola el día solo lo cata para sufrir las resacas. Tras la ruptura con Raúl, Lola ve el cielo abierto. Por fin va a poder arrastrar a su mejor amiga al mundo de la noche: alcohol, hombres sin moral (Lola jura y perjura que los hombres con moral se extinguieron con los dinosaurios) y resacas de espanto. Sí. No es una leyenda urbana. A los cuarenta, las resacas son como un chicle en el zapato. La metáfora es de Lola.

Resacas y analgésicos

Para poner un poco de orden en este descontrol emocional que se le avecina a Chelo, y además de la doctora Castro, psicoterapeuta, está Rita (Victoria Teijeiro ?Águila Roja, Aída, Cuéntame), la mujer de Serafín y la mano derecha de Chelo en el salón de belleza. Si algo le caracteriza es porque siempre dice lo que piensa. Y eso es malo. Sobre todo si una piensa tan mal como Rita. Y Rita es a las malpensadas lo que Lola a las gogós de discoteca: una sublimación.

Al igual que su marido en el taller, Rita es quien acaba haciendo todo el trabajo en la peluquería. Y no porque a Chelo se le dé mal su trabajo. Lo que pasa es que anda un poco distraída con otras cosas (léase Lola, resacas y analgésicos). Hablemos de su matrimonio. Rita y Serafín son un matrimonio ejemplar. Vamos, que uno de los dos hace del otro un pandero; y en este el pandero es Serafín.

El contrapunto a estas mujeres ya escocidas por la vida es Noe (Dolores Gippini: A miña sogra e mais eu) que se pone en el papel de Noe, la benjamina de esta serie de Voz Audioviusual, de la peluquería y de la vida en general. Es joven, cándida, ingenua y romántica. Sí. La combinación perfecta de una mujer nacida para sufrir.

Pero, en su caso, el cóctel viene demasiado cargado: vive en una constante nube de amor, aunque vaya cambiando de nube y de amor. No atina demasiado en sus elecciones, pero siempre aporta ese punto de optimismo y esperanza de las personas poco experimentadas en la vida.

Justo ese punto con el que en ocasiones le dan a uno ganas de meterle al optimista la cabeza en la lavadora, para que se aclare.

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