En 1997, en plena guerra mediática por lo que entonces se consideraba el valioso botín de las retransmisiones deportivas, Cascos sentenciaba que en España el fútbol era materia de interés general. La medida pretendía garantizar la emisión en abierto del llamado partido de la jornada y proteger el encuentro estrella del asalto de las cadenas codificadas. Eran otros tiempos. Los canales alimentaban a golpe de billetera la hoguera de los fichajes, adquiriendo por precios desorbitados los derechos de emisión, y el jolgorio parecía no tener fin. Quince años después, aquella fiesta muta en una dura resaca. El duelo Barça-Madrid del pasado domingo solo se pudo ver en las plataformas de pago y el próximo encuentro de la campeona del mundo corre un serio peligro de quedarse fuera de pantalla. ¿Será que el interés general pesa en realidad muy poco frente a ciertos intereses particulares?