El efecto Supernanny

TELEVISIÓN

Cuando acababa el wéstern del sábado por la tarde, mi hermano y yo nos convertíamos de niños en ese tándem indio-vaquero subidos a sofás y revolcados por la alfombra, a grito pelado. Pero hoy si llegásemos a hacer el indio como esos niños de entonces sonaría el dindón de la puerta y se nos presentaría Supernanny para explicarnos las normas de cómo jugar sin rebozarse por el suelo. Exagero, sí. Pero cada vez que veo el programa de Cuatro me nace ese efecto espejo, como el de la peli de vaqueros, y de repente me veo dentro de esa familia desestructurada por los berridos de los hijos, y empiezo a achicarme como las madres del programa. Y lo peor, creo que si mis hijos viesen solo un minuto empezarían a tomar recortes, y por pura imitación se volverían aún más insoportables. Supernanny es la Mary Poppins del siglo XXI, solo que en vez de dulces canciones nos canta las cuarenta -con ese tono profesional que yo nunca le he visto a una madre- a base de pildoritas envueltas en pósits amarillos. Por eso al verla me entra el miedo burocrático, ese que nace de la insoportable levedad de rellenar el formulario vital que será leído por un extraño. Es difícil saber si una es buena o mala madre, pero sin duda es adorable la serenidad de Supernanny. Para mí que no tiene hijos.