En tiempos, al cine español más chusco, se le conocía por españolada, adjetivo que la crítica espetaba como un mazazo sobre Ozores, Martínez Soria, Pajares y Esteso, el landismo, en fin, aquel que desde mediados los sesenta saturó las pantallas hasta abrirse los ochenta. La cinefilia las despreciaba por ser lo que Bardem reprochara mucho antes, en 1955 durante las Conversaciones de Salamanca, como «políticamente ineficaz, socialmente falso, intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo e industrialmente raquítico». Realmente películas infumables, que revisadas ahora continúan sacando los colores y no tienen otro valor que el puramente sociológico. Para más inri era el único capaz de competir con Hollywood, logrando el respaldo de la taquilla. Paradojas.
Por lo visto, aquellas melonadas y su relevo actual (léase la saga Torrente) siguen interesando al público y ahí llega la duda de si rompen audiencias porque hay un target entregado a la nostalgia (y es mayoritario en la tele, el que supera los cincuenta años largos) o realmente estamos peor de lo que creíamos en cuanto a valorar el cine español.
Hay productores y directores empeñados en servir productos de calidad apegados a la realidad del momento, mientras su destinatario, el público, les da portazo en la taquilla (véase este 2010 en las carteleras, para llorar). Lo de Martínez Soria, el landismo, Ozores y ahora Torrente no tiene otra explicación como no sea que un país como este tiene ganas de troncharse y para eso le basta un pedrusco en forma de película.