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01 jul 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

VAMOS con una de esas paradojas de complicada entendedera. Desde el viernes millones de ciudadanos se habrán echado a la carretera, los más sobre cuatro ruedas, los menos sobre dos. Como un clásico por estas fechas, la DGT lleva varios días metiendo el miedo en el cuerpo, insistiendo en la responsabilidad ante las normas y sobre todo recomendando prudencia con la velocidad. El tema es viejo, pero no caduco. Anteayer, La 2 emitió el GP de Holanda de motociclismo. Como la pública apuesta fuerte por ese deporte, los informativos del fin de semana insistirán en mostrar espectaculares imágenes con motos rillando asfalto. Ayer, lo hizo Telecinco con el GP de Francia de automovilismo para observar al complicado Alonso en su pleito con su colega Hamilton. En ambos casos, logran podio por velocidad, la misma que al ciudadano le está vedada, con razón, vistas las consecuencias. Súmese a eso la publicidad de coches, que están entre los anuncios más vistosos de la oferta televisual, porque las marcas pagan una pasta por su excelente factura. Normal que el ciudadano común, sobre todo los más jóvenes, se sitúen al límite de la esquizofrenia. Por una parte no debo correr y, por otra, mola correr porque genera gloria y campeones. Así está el invento. Protestan algunos colectivos por este descaraje y se reprocha a nuestros gobernantes que se excedan con la vara punitiva (multas, puntos¿), pero se niegan a presionar a los fabricantes para meter limitadores en los coches. Y en cuanto a la publicidad, según un estudio de Nielsen para Time Inc. realizado en diciembre del 2005, solamente un 32% de los encuestados reconocen guiarse por los spots para comprarse un automóvil. Resumiendo: el mundo es mucho más complicado gracias a la tele; un gran invento, sí.