Fallece el Mark Twain moderno

César Casal González
César Casal REDACCIÓN

TELEVISIÓN

Perfil | Kurt Vonnegut

12 abr 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

En un mundo en el que la noticia más leída es que David Beckham le compró un vibrador de oro y diamantes a su mujer Victoria, de dos millones de dólares, Kurt Vonnegut (1922-2007) no tenía que haber muerto ayer. Es mentira que se haya muerto. Necesitábamos los dardos envenenados de sentido común de este hombre que fue subrayado como el Einstein de la contracultura en los sesenta y setenta. Lo precisábamos para apuntar el absurdo que nos rodea. Vonnegut decía que pertenecía a la única religión desorganizada y posible en nuestro planeta disparate: a la religión, me apunto, que venera a Nuestra Señora del Perpetuo Asombro. Lo que nos pasa cada vez que vemos un telediario. Vonnegut escribió sobre su experiencia en el bombardeo de Dresde, segunda guerra mundial, Matadero 5, una biblia antisistema, una joya pacifista entre toneladas de explosivo y muerte. Luz entre las columnas de humo de la destrucción. Azote de Vietnam, azote de nuevo de Bush por Afganistán y por Irak, se borra una voz independiente. Alguien que nos podía explicar a gritos ¿adónde nos llevará el uranio de Irán? Inquieto hasta el final Como todos los grandes escritores no tenía género. El género era él. Usó la ciencia ficción para describir el inmundo en el que malvivimos. Pasaba de la narración a la autobiografía con sólo tocar otra tecla. Denunció la automatización en El pianista. Hace poco publicó sus artículos en Un hombre sin patria. Un libro con verdades como ésta: «¿Creían que los árabes eran tontos? Ellos nos dieron los números. Intenten hacer una división larga con números romanos». Los odiadores, siempre los hay, decían que era un autor de aforismos vacíos. Tan vacíos como vacía está la crueldad que ejercen los poderosos. Fue el Mark Twain moderno. Decía en sus libros muchas de las cosas que chilla el rock con música, como Jesus and Mary Chain, por ejemplo. Su personaje Kilgure Trout era sabio por ingenuo, como en El desayuno de los campeones. Un sátiro, lanza en ristre, todo corazón. Eléctrico, insomne con los ojos abiertos y sajados por la realidad sin filtros. Si quieren edulcorantes lean Ana la de las tejas verdes. Si quieren la verdad sin milongas, a Kurt Vonnegut. Como un homenaje póstumo.