Crónica | Slavoj Zizek en el foro del Consello da Cultura Galega El teórico y crítico esloveno habló de la tolerancia multicultural como una ideología que, a su entender, ha decantado la culturalización de la política
09 mar 2007 . Actualizado a las 06:00 h.Slavoj Zizek no defraudó las expectativas del público que abarrotó el salón de actos del Consello da Cultura Galega para escuchar su ponencia sobre Tolerancia multicultural como ideología , la segunda del seminario interdisciplinar Os sentidos das culturas , que coordina el profesor Ramón Máiz. La vehemencia con que expone sus reflexiones y la expresividad con la que ilustra sus análisis el teórico y crítico esloveno encandilaron al auditorio -mayoritariamente formado por jóvenes estudiantes y filósofos- durante cerca de cuatro horas, con un descanso en la mitad. Zizek partió de su cuestionamiento de la tolerancia como principio para resolver problemas de desigualdad, de explotación y de injusticia, que, en su opinión, requieren otras soluciones. Pero, explicó Zizek, el poder de la ideología del multiculturalismo liberal se traduce en la culturalización de la política por el fracaso de soluciones políticas directas como el Estado del bienestar o los proyectos socialistas. Su conclusión al respecto es que «la tolerancia es el sucedáneo pospolítico». El ponente atacó el multiculturalismo liberal que «predica la tolerancia entre culturas, pero deja claro que la verdadera tolerancia sólo es posible en la individualista cultura occidental, e incluso legitima intervenciones militares para luchar contra la intolerancia de los otros». Y en ese sentido, y ya en el debate, insistió en la idea de negar la resistencia como alternativa a esta ideología del multiculturalismo, y defendió la participación en la lucha para tomar el poder. De este modo, el filósofo dijo que le parecía muy interesante la experiencia del presidente Hugo Chávez en Venezuela. Lo particular y universal Slavoj Zizek analizó la identificación de cultura y naturaleza, contraponiendo lo universal y lo particular, para acabar afirmando que el dilema entre lo universal y lo particular es falso. Y echó mano de la realidad en la que se inscribía su auditorio para decir que «un gallego es universal en su particularismo, en su diferencia», porque, indicó, la cuestión no es saber en qué medida se puede ser gallego, «sino hasta qué punto siendo gallegos se puede ser también universales». El teórico reconoció que no tiene respuestas, pero insistió en la idea de que la libre elección acaba siempre en un callejón sin salida, porque elegir siempre se enfrenta a otra elección, y que el «sujeto libre sólo puede emerger como resultado de un proceso desvinculado de su mundo vital, de sus raíces». En este caso, el ejemplo que puso fue el de la comida china para un chino en su entorno, o la comida china en un barrio elegante de otro extremo del mundo. O la supuesta libre elección de las mujeres musulmanas para taparse con el velo o la de las occidentales al someterse a operaciones de cirugía estética como esclavas de su atractivo sexual. Choque de civilizaciones Habló Zizek del llamado choque de civilizaciones calificando de «estúpida» la visión de la tercera vía, de la alianza de civilizaciones a la que apela Rodríguez Zapatero, porque, según él, «lo que precisamos no es un pacto entre civilizaciones, sino una coalición de luchas». En la dicotomía tolerancia-intolerancia, Zizek sostiene que hoy se han convertido en un problema de tolerancia cuestiones que no lo eran hace 40 años. Lo ilustró claramente con la lucha por los derechos de los negros, y recordó que su líder, Luther King, «no habló de tolerancia, sino de igualdad». Y fue más allá al decir que es lo mismo que si el feminismo apelara por la tolerancia con las mujeres en lugar de igualdad. Zizek, que desgranó un recorrido por la historia del pensamiento y de acontecimientos como el nazismo o el estalinismo para rebatir principios que resultan perversos, y que calificó de falsos en la medida en que no se sostienen frente a la verdad de los otros, afirmó que «no existe correlación entre tu verdad interna y lo bueno o malo de tus actos», y que no se puede aceptar que «el deber debe ser un pretexto para hacer el mal».