El artista Miguel Mosquera (Ourense, 1953), expone en la viguesa galería PM8 (Pablo Morillo, 8), las obras creadas en el silencio de su estudio durante los últimos dos años. El autor, que tiene la suerte o la desgracia (según se mire), de no depender económicamente de sus creaciones estéticas, se prodiga cada vez menos en exposiciones y disfruta mucho más, según confiesa, de la reflexión solitaria. - ¿Sus nuevas propuestas están en la línea de su obra anterior? -Sí. He hecho una selección de casi treinta cuadros en los que la constante sigue siendo un punto de vista conceptual, jugando con ensamblajes de piezas y colages a los que añado objetos como huesos o caracoles. Esta vez me he atrevido a experimentar también con el entramado digital y esto me permite, por ejemplo, hacer referencias formales, como una dedicatoria a Richard Serra con una obra en la que inserto su imagen. - Usted se vale de todo tipo de elementos encontrados... -Sí. Hago de limpiador . Empecé con los periódicos y luego fui añadiendo a mis trabajos objetos en los que el tiempo deja su huella. Quizá suene un poco cursi, pero hay poesía en ellos. - Su nueva exposición se titula «Para el pajarito (con el permiso de uno)». ¿A qué se refiere? -Es una dedicatoria muy personal para el joven poeta Ángel Conde, cuñado y amigo, que murió. Otro cuñado mío le llamaba Pajarito. - Este año ha debutado como comisario en la exposición «Palabras contadas», de Camilo Franco, que se exhibe en la Fundación Luis Seoane, ¿Cómo ha sido esta experiencia? -Surgió por mi amistad con él y ha sido un reto muy interesante, bonito y difícil. La propuesta que se presenta es como el mundo al revés. Normalmente, cuando se hace una exposición se le encarga a alguien que te haga un texto para acompañar la obra. En este caso es al contrario. La palabra es la protagonista y prevalece sobre lo demás. En este caso, mi trabajo debía quedar en segundo plano de forma que todo el grafismo y diseño que rodea al montaje no tuviese nada que ver con mi obra.