El escritor no publicó «El original de Laura». Su viuda dejó la decisión final en manos de Dmitri, que se inclina por entregarlo a una universidad en vez de destruirlo
05 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.Vladimir Vladimirovich Nabokov (San Petersburgo, 1899; Montreux, 1977) murió y dejó dicho por escrito que su mujer y su hijo destruyesen un inédito: El original de Laura . No es un libro. Es la mitad de un proyecto. A Nabokov, que escribía en minuciosas fichas, no le gustaban las cosas inacabadas. El ruso fue tajante: «Quemarlo, incinerarlo». Vera, primero, y ahora su hijo, Dmitri, no fueron capaces de hacer realidad sus palabras. La viuda murió sin cumplir el deseo y le pasó el problema a su hijo. «Mi madre no tuvo el coraje para destruir esta cosa», declaró Dmitri. Explicó que los dos sabían que si no lo destruían cualquiera podría llegar a leerlo o incluso a publicarlo. «Ella, cuando murió, me cedió el legado de decidir sobre esta tortuosa cuestión», añadió el hijo del autor de Pálido fuego, del genio que fue capaz de escribir en ruso, en francés y en inglés sin problemas. Su típico estilo Ahora Dmitri medita si entregar las páginas a una universidad o institución académica para que lo conserven en las condiciones de microclima adecuadas. E incluso para que, en dicha institución, acreditados estudiosos de la obra de Nabokov puedan consultar su contenido. Lo único que se sabe de El original de Laura es que es la mitad de una novela inacabada. O sería más exacto decir: la mitad de los apuntes para una novela. Según Dmitri, tiene el característico estilo de su padre. Y se trata de unas páginas muy poderosas. De ahí que el hijo no se atreva a destruirlas. Son como imágenes de una película que todavía no están fijadas de todo sobre el papel. El tema del libro entreveraría la destrucción de la edad y la fuerza original del amor que conserva el ser humano. La valía del material, del que -dicen- hace años Dmitri se atrevió a leer unos pocos pasajes en una conferencia en la Universidad de Cornell, hace que Dmitri abra la posibilidad a la institución que acoja el escrito de llegar a publicarlo mucho más adelante. Nabokov se suma así a los artistas como Hemingway o Capote cuyos textos perdidos arden como teas en manos de sus herederos.