En tiempos de galerías sin alma y ciudades de monumental artificio, una sencilla casa de piedra en restauración permite al creador Enrique Conde exponer con absoluta libertad
21 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Enrique Conde parte tablas y reparte fuegos en una recia lareira que estuvo a punto de desaparecer bajo uno más de los cementicios espasmos constructivos de Vilagarcía. El escultor ha encontrado en torno a ella, en el conjunto de una modesta casa de piedra y madera, auténtica superviviente en el centro de hormigón de la ciudad, lo que durante años se le había negado: un espacio sugerente, una arquitectura capaz de remover sus cimientos de creador y rescatar las 44 piezas en las que ha trabajado durante los últimos cuatro años de la intimidad en bruto de su estudio para exponerlas con absoluta libertad de luces, sombras y movimientos. Es el suyo un proyecto genuino en el que convergen tres azares independientes -la mano del artista, el ojo de los arquitectos restauradores y la arriesgada decisión de los propietarios- para demostrar que antes, mucho antes de las galerías en serie, las salas institucionales con alguacil, las pesadillas megalómanas de continentes vacíos y las rotondas plagadas de bultos sospechosos, existía algo llamado experiencia estética. «Los espacios expositivos en Galicia son complicados; están mal gestionados, son pequeños y en ninguno se ha pensado en una iluminación para la escultura; son espacios viciados, encallecidos. Todavía estás exponiendo y ellos están llamando por teléfono, preparando ya la siguiente muestra». El fuego ha reunido a su alrededor a los protagonistas de esta historia: el propio Enrique Conde, los arquitectos José Luis Recuna y José María Dapena, y los dueños de una vivienda antigua y hasta ahora anónima, José Lobato y Mónica Sumay, que soñaron para su inversión un futuro distinto de las cuatro plantas y el aprovechamiento bajo cubierta que permitía el plan urbanístico en vigor. Este espacio abierto, con las costuras de madera todavía al aire, aún sin definir, alimenta las reflexiones. «La iluminación es fundamental; la escultura no es sino una relación entre la luz y la sombra». Sin embargo, abundan en este país absurdos elevados a la categoría de norma. «Recuerdo una exposición de pintura expresionista, que es una pintura creada al aire libre, en una sala de luz mortecina, con su guarda jurado, en la que sólo sonreír te convertía en sospechoso». Es la culminación de la ritualización del arte, su adoración en pedestales grotescos construidos por dudosos gestores y criterios más políticos que estéticos. «Los profesionales están en sus despachos, esperando que pase no se sabe qué; pueden esperar cuanto quieran, la cultura nunca sucedió en los palacios». Ciudades sin luz en busca «de símbolos, de emblemas, de mausoleos, de la inmortalidad a través de la arquitectura espectáculo» -¿a alguien le suena el monte Gaiás?- que plagan sus calles de «figurillas de castañeiras, de las dos en punto, como belenes». Son los nuevos faraones, sentados a la sombra de sus pirámides, en las que el mortero no acaba de cuajar. Por algo será. Mientras tanto, las cosas de verdad ocurren entre la gente de a pie. Cuarenta y tantas piezas que desarrollan un argumento constructivista, «conectado con la idea de origen del hombre, que es construir, crear al fin y al cabo», habitan tres plantas de una céntrica calle. Fueron creciendo desde el alambre que dibuja el espacio hasta las cajas de madera que se van cerrando, dejando entradas hacia su interior, «que es donde sucede la escultura», y el entrecruzarse de los volúmenes y los planos. No hay, insiste Conde, lugares en Galicia que permitan la expansión de la escultura, ni espacios diseñados para acoger piezas de determinado peso y tamaño. «Los enlosados del propio CGAC cedieron en una ocasión». Aquí, en su fugaz centro de operaciones, el escultor se mueve a sus anchas y controla todo el proceso, desde el traslado de su obra a la topografía de la muestra. «Y hay que ver lo bien que tira esta lareira», no deja de sorprenderse Recuna, el arquitecto.