CRÍTICA MUSICAL | O |
16 oct 2006 . Actualizado a las 07:00 h.TERCERA actuación de Ainhoa Arteta en la comunidad en poco más de un año. Quizá a este hecho pueda atribuírsele la falta, esta vez, de un lleno como el que en otras circunstancias habría merecido esta magnífica soprano. En cualquier caso, los huecos del auditorio nada tienen que ver con el momento vocal por el que atraviesa la cantante vasca, recuperada de su bache personal. La artista posee un par de cualidades sobre las que ha cimentado una carrera importante: una difícilmente mejorable presencia, que aporta credibilidad a sus personajes, y una hermosa voz, que se ha ensanchado con el tiempo, permitiéndole papeles cada vez más líricos. Por eso lo mejor de su actuación llegó con Puccini, a través de dos de sus retratos femeninos más conmovedores, Liú y Mimì, que se adaptan estupendamente a sus posibilidades. En dos de las arias apareció la Arteta más comunicativa e intensa. No, no se entiende el veto que esta mujer debe soportar desde hace años, por parte del Teatro Real, que no la contrata para cantar ópera, y del Liceo, que sólo ha contado con ella para un recital. Como si el glamur o las portadas estuvieran reñidos con el buen cantar. ¿Cuántas de sus colegas españolas actúan con regularidad en el Met, la Deutsche Oper o la Arena Verona? Ninguna. A última hora se cayó del programa Daniel Oren y lo sustituyó Gómez Martínez, otro «apestado» para los programadores, pese a ser el mejor director español de foso, el único invitado habitualmente por la Ópera de Viena. Bajo su experta guía, Arteta pudo disfrutar de un colchón de lujo, como pudo comprobarse en el aria de La Bohème . Qué maravilla el intermedio de Manon Lescaut . La Sinfónica se plegó a su gesto, no demasiado elegante, pero lo que importan son los resultados, no las poses. Espléndido el concertino Spadano en la meditación de Thais . Palacio de la Ópera (A Coruña). Ainhoa Arteta, soprano. Sinfónica de Galicia. M. A. Gómez Martínez, director.