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César Wonenburger

TELEVISIÓN

Aquel extraordinario vigor que desprendían las primeras apariciones públicas de Christian Zacharias, como pianista, es idéntico al que ahora exhibe en su faceta de director, sin batuta, pero con unas manos clarificadoras, que a veces parecen rasgar el aire como las de un karateca. La sequedad, la contundencia de sus gestos, traen en ocasiones recuerdos del gran Solti, que a veces en el podio parecía más un púgil sobre la lona de un cuadrilátero que un director de orquesta. En su nueva visita -y es de desear que haya más-, el alemán ha vuelto a encontrarse con un instrumento bien dispuesto, de primer orden, en una Sinfónica de la que hay que valorar la magnitud de su compromiso: con una plantilla no excesivamente larga, en estos días de frenética actividad, puede pasar de Monteverdi a Stravinski, de Mozart a Ravel, y que nos lo creamos todo; soberbias las prestaciones individuales y eficaz labor de conjunto, otra vez. En el trato con las grandes personalidades, las que pueden aportar experiencias y puntos de vista sólidos, originales y distintos, esta formación se crece y suele dar lo mejor, como ha ocurrido ahora. Chesterton le recordó en una ocasión a un tabernero de Calais que «una revolución, en el sentido propio del término, es el movimiento de un móvil que recorre una curva cerrada y vuelve así al punto de partida». Y Stravinski certifica esta definición con su manera de vivificar las fórmulas, estructuras e ideas de siempre otorgándoles una apariencia de novedad, aún hoy. Esto se verá en unos días claramente en La carrera del libertino , pero como aperitivo, algo ya se ha adelantado con las Danzas concertantes . Notables, vivísimas lecturas, tanto de Stravinski como de Ravel, las ofrecidas por un Zacharias muy concentrado, con ese nerviosismo suyo imparable, tan pendiente de cada detalle, de que no decaiga el vigor rítmico. Con Mozart, el pianista-director juega siempre en casa. En todos estos años frecuentando al compositor, primero únicamente desde el teclado, y desde hace unos años en esta nueva doble faceta suya, ha logrado perfilar un discurso muy coherente, basado en el equilibrio, que a veces le permite adornarse pero de manera casi imperceptible: la sobriedad, la claridad, la elegancia de su fraseo jamás se resienten. Palacio de la Ópera. Obras de Mozart, Ravel y Stravinski. OSG, Christian Zacharias.