El gaiteiro de Moaña se dio un baño de calor humano en un teatro bonaerense durante un entrañable acto de conmemoración del Día das Letras Galegas
16 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.Podría ser Betanzos, Lalín o Viveiro, pero se trataba de Buenos Aires. Xosé Manuel Budiño abarrotó el pasado domingo el teatro Bambalinas de la capital porteña y de paso cumplió el sueño, en sus palabras, de poder tocar delante de su familia emigrada y el resto de la colectividad gallega de Argentina. Más de 600 personas celebraron un acto musical para conmemorar el Día das Letras Galegas en una fiesta de la música tradicional, pero a partir de la obra de un gaiteiro amante de la fusión de géneros y sonidos. Y así, sobre un discurso de ambivalencias, Budiño triunfó en Buenos Aires. Suele dejar el músico moañés un círculo vacío delante del escenario para que la gente baile sus piezas. En esta ocasión no parecía fácil el reto de llenarlo, por lo innovador de su propuesta musical frente a un auditorio compuesto en su mayoría por gallegos emigrados metidos en edad. Pero lo consiguió. Decenas de asistentes se animaron a bailar muiñeira en el culmen de un concierto que empezó sorprendiendo los oídos de un público poco acostumbrado a la mezcla. Porque en el escenario había una gaita y pandereta, sí, pero también un ordenador, bajo, guitarra y percusión electrónica. De las máquinas salían los samplers que adornan el trabajo más reciente de Budiño, Zume de Terra, y que acercaron al público porteño la voz de uno de sus iconos, Afonso Daniel Rodríguez Castelao, o las grabaciones de canteros ourensanos en la Galicia de los cincuenta, la que muchos abandonaron para hacer las Américas, algo que consiguió Budiño con su concierto. Reconocimiento Entre los asistentes estaba el maestro gaiteiro Cesáreo Rodríguez Varela, un padronés de 84 años que se llevó la ovación de la noche. Profesor de la mayoría de músicos gallegos de la quinta provincia, Rodríguez Varela recibió el reconocimiento de la colectividad y también de Budiño, que le hizo entrega de una gaita tallada en los talleres Seivane como tributo a una trayectoria que mantuvo viva la tradición de la música gallega en los peores momentos. El maestro rompió a llorar, pero luego se repuso para tocar a dúo con el moañés la Muiñeira de Chantada. Para entonces el auditorio estaba ya entregado al puente generacional que arrancaba notas retorciendo los dedos sobre sus punteiros. El de Cesáreo, más tradicional. El de Budiño, adobado de las influencias que han ido modelando una carrera reconocida en Galicia y también en el exterior. Ahora, también, en Buenos Aires.