Sin mando | La reina de las mañanas
09 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.ME GUSTA Ana Rosa. Sí. Me gusta porque es la reina de las mañanas, y eso, tal y como está el patio, se merece unas cuantas reverencias, pero, sobre todo, me gusta porque es capaz de ceder el protagonismo a sus colaboradores y no tenerlos de comparsa o monos de circo a los que dar cacahuetes cuando aciertan y collejas cuando se equivocan. A ella debemos que Maxim Huerta se soltara la melena y cambiara la pluma informativa por otra sin tinta, pero con talante. A ella debemos que Belén Esteban sea capaz de madrugar de lunes a viernes, aunque sólo sea para cantarle no sé qué coplilla al Condelé, Conde Lequio para el resto de los mortales. Y todo sin que a Ana Rosa se le reduzca el ángulo de esa sonrisa de la que se sabe señora de su casa, de su programa y de la audiencia. Y es que ser madre de gemelos a los cincuenta, ser portada de una revista en la que, por cierto, cada día se parece menos a aquella señora que presentaba Veredicto , promocionar no sé cuantas cremas y encima poner cara de interés desmedido ante los problemas domésticos de los grandes hermanos es como para que te hagan un monumento. Da igual el tema que se trate, la salud de Rocío Jurado, el desnudo en Interviú de Yola Berrocal, el suceso más truculento o la noticia más exclusiva, Ana Rosa sabe implicarse en su justa medida, con ese aire de niña que nunca ha roto un plato y que es incapaz de decir una ordinariez. No en vano, ha conseguido que pocos recuerden ya aquel libro, Sabor a hiel , que escribió con el sudor de su frente y, sobre todo, con el de otra persona, y por el que supimos que la informática no era su fuerte. Afortunadamente, la televisión sí.