HE DE confesarles que últimamente me planteo muy seriamente si sacar al gato a la terraza, no vaya a ser que algún vecino me lo retrate en bigotes-less y pretenda hacer negocio con sus vergüenzas, de pedigree, pero vergüenzas al fin y al cabo, en ese sofrito de vísceras que es Aquí hay tomate. No seré yo quien niegue que, en el sopor tontorrón de la sobremesa, me he dejado acunar más de una y más de dos veces por los sonitonos malintencionados de Jorge Javier Vázquez y por la policromía de la guapa Carmen Alcaide, pero cuando a los muertos se los resucita para crucificarlos con los clavos que nadie se atrevió a clavar en su día, y a los vivos se los mata lentamente, con la agonía del rumor malintencionado, que lo mismo traspasa océanos que partes médicos, poco de corazón tiene el cuento y mucho de manzanas envenenadas para blancanieves de su casa, con o sin enanos. Que Encarna Sánchez fuera o no una buena persona, que en su menú degustación incluyera tanto la carne como el pescado horneado en días de vino y copla, y que utilizara el poder de su negocio para satisfacerse el ocio, no debieran ser razones para convertirla en diana sobre la que cebarse con dardos de conjeturas y acusaciones que jamás serán probadas en ese juicio público en el que los fiscales son grandes hermanos y grandes sinvergüenzas. Ya lo dice el refranero, el muerto al hoyo y el vivo al bollo, aunque la palabreja no sea la más idónea, que ver la vida de color rosa es un ejercicio de frivolidad necesario, pero que nada tiene que ver preguntarse qué mensajes, con ambición de ceceo, esconderá el móvil que le han birlado en un descuido de celo a la Campanario con escuchar campanas donde sólo silban las malvas.