GANÓ Pepe y era justo. No seré yo quien le quite méritos a un tipo que se pasa cien días encerrado sin hacer nada, sin entretenimientos potables -¿se puede vivir sin libros ni tele?- en una casa con un calor asfixiante y teniendo que lidiar con gentes como Inma o Beatriz. Pepe se nombró rey de Guadalix y nos enseñó que un ego potente no tiene por qué ser monopolio de Aída. Pepe es mucho más listo que los chiquillos de los que se rodeó, aunque, era de esperar, le ha perdido el triunfo. Se vio ganador cuando emitían el colage de los antiguos triunfadores de GH, en su cara brillaba el convencimiento de la victoria. Nunca negó que tuviese estrategia -demostró su utilidad semana tras semana para pasmo de propios y extraños- y supo dosificar su humor y bromas para no resultar pesado y estar siempre no ya en el candelabro sino danzando entre las llamas. Pero desde el domingo Pepe es él mismo de verdad. Va dejando sus perlas para que los periodistas las recojamos aunque, como en la novela de Steinbeck, no sepamos qué rayos hacer con ellas. Nos regaló con voz engolada el secreto de su éxito -«echarse buenos amigos y tener enemigos mediocres»-, y en A tu lado se escuchaba pronunciar: «Quise que Dayron se quedase y se quedó. Dayron se fue porque se enfrentó conmigo. Lo tuve que echar yo». Pepe nació para ocupar su sitio en la tele. Una tele que no distrae a los que piensan, sino que evita pensar a los distraídos; una tele que amplifica todas nuestras mezquindades; una tele que nos maltrata y atonta; una tele que usted y yo criticamos y que, a escondidas, devoramos.