Crítica musical | Joaquín Sabina
22 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.?abina gusta o disgusta. Es de esos que lleva al personal a los extremos: lo quieres o lo odias. Por eso el viernes muchos esperaban un gatillazo similar al de Gijón para poder cambiarle el apellido y llamarlo Joaquín Crápula. Evidentemente quienes abarrotaban el auditorio de Ourense confiaban justo en lo contrario. Y el músico decidió darles la razón. Ejerció de profesional. A quienes pagaron casi veinte euros por la entrada les devolvió dos horas de concierto y 28 canciones. Por supuesto, interpretó algunas de su último trabajo, Alivio de luto . Pero, fundamentalmente, repasó las canciones que el patio de butacas quería escuchar (y cantar) incluidas, en la recta final, Princesa o 19 días y 500 noches . Fuera por capricho o por oficio, Sabina se encontraba a gusto en el auditorio ourensano, con sus hijas -también la de Pancho Barona- entre el público. Un recinto cálido, íntimo a pesar de los centenares de personas que tarareaban los temas, lo animaron a acercase al público y a ejercer no sólo de músico, que lo es, sino también de poeta, que lo borda. Y es que nadie que va a escuchar a Sabina busca una voz prodigiosa. Para eso ya está Olga Román, que cantó en solitario -«me molesta que la hayan aplaudido a ella más que a mí», bromeó-. La voz rota de Joaquín, que tiene en el oído los mismos efectos que el aguardiente en la garganta, se completó con un cuidado atrezo, un escenario en el que nada obedecía al azar y las ganas de charlar (aunque sólo él tuviera micrófono). Se despidió deseando un eternas Noches de boda al respetable. En Ourense, hubo espectáculo. Algo de teatro. Un poco de monólogo. Música y, por supuesto, poesía. Joaquín Sabina. Viernes 20. Auditorio de Ourense. Anoche, Sabina actuó en el Palacio de la Ópera de A Coruña.