Capítulo/Semana XLVI En que se disuelve la reunión de la venta, que más parecía una convención de enamorados o un congreso de barberos, y don Quijote es enjaulado
13 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.Atención, amables lectores; que se prepare todo el mundo, que hoy, por fin, nos vamos de la venta, a la que habíamos llegado el pasado 8 de agosto, es decir, en el capítulo XXXII. Tengo que reconocer que temí por un momento que nos quedásemos atrapados en este lugar para siempre. Creí ver un antecedente definitivo de El ángel exterminador o de La cabina. Me imaginaba yo escribiendo sesudos tratados sobre la influencia de Cervantes en el cine progre, y cosas así, pero no hay nada de eso. Hoy nos vamos todos. Primero hubo el cura de mediar ante los cuadrilleros de la Santa Hermandad, que en seguida tuvieron claro que no les iba a resultar tan fácil prender a don Quijote, y se dejaron persuadir de su locura. A cambio, para no perder autoridad, se les dio la ocasión intervenir, con el apoyo de la cartera de don Fernando, en la disputa con el barbero suplente, que reclamaba su bacía y sus arneses; se le pagó la primera y los segundos se le devolvieron. Instaurada pues la paz y reinando por fin la armonía en el mundo ?que ya se acerca la Navidad? quiso don Quijote ponerse de nuevo a disposición de la reina Dorotea-Micomicona, y la urgió para que reemprendieran sin demora el camino hacia el reino Micomicón, donde el caballero había de matar al malvado Pandafilando de la Fosca Vista que, como todo el mundo recuerda, era una mala persona. Pero no bien hubo terminado don Quijote su urgente solicitud, cuando Sancho se atrevió a delatar a la falsaria, pues la había visto morreando por las esquinas con don Fernando, su prometido, en contra de las costumbres de una verdadera reina. Por supuesto, el caballero quería matar al escudero al oír semejante afrenta, y lo alejó de sí preso de furia. Entonces Dorotea, que era más lista que nadie, sugirió que tal vez Sancho fuese inocente de sus declaraciones, porque quizá fuese una víctima ?otra más? de un vulgar encantamiento. Y claro, esto a don Quijote le pareció una idea estupenda y perdonó, magnánimo, a Sancho Panza. Finalmentre cura y barbero decidieron retomar su plan perverso de devolver con engaños a don Quijote a su casa para curarle la locura por la fuerza. Dirigidos por estos, los ya numerosísimos huéspedes de la venta se disfrazaron y lo apresaron, inmovilizándolo de pies y manos. Luego lo introdujeron en una jaula de madera que montaron sobre un carro de bueyes, y le informaron que ponían rumbo al Toboso para casarlo con Dulcinea. Querían cruzar al «furibundo león manchado» con la «blanca paloma tobosina», cuyos bravos cachorros nacerían para gloria perpetua de La Mancha. Don Quijote, claro, se dejó hacer.