Uno de los gurús de la televisión alemana mantiene que las cadenas privadas emiten para la clase baja, frase que ha generado una batalla mediática en el país
09 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Si algo ha conseguido el rostro más conocido de la televisión alemana, Harald Schmidt, es que en el país vuelva a debatirse la necesidad de una televisión de calidad. Y eso que abundan los programas de difusión política y cultural y tampoco falta el análisis crítico de la actualidad política en informativos y debates. Pero estamos hablando de la televisión pública. Porque la privada, si creemos a Harald Schmidt -considerado la voz de la conciencia mediática en alemana- es la «televisión para las clases bajas». Hace algunos meses que el show-man, que dos días por semana logra congregar a más de un millón de espectadores, lanzó este término al ruedo, despertando una encendida controversia. Por cierto, que el mismo Schmidt no ha olvidado que durante casi una década condujo diariamente su propio programa en Sat.1, cosechando cuotas de pantalla memorables para la líder de las privadas. Finalmente se tomó un año sabático para volver a principios de este año a la pantalla, pero esta vez a la pública. No es de extrañar pues que el «cínico con mayor éxito de la televisión alemana», como le bautizó el semanario Die Zeit , se permita revolver en la «telebasura». Ya sean reality-shows como Gran Hermano o La jungla, tengan forma de telenovela o de talk-show a grito pelado, la parrilla de las privadas satisfacen, según el ácido presentador, los deseos del público desempleado, más apático y con menos dinero en el bolsillo. Pero sobre todo, más pobre intelectualmente hablando, según Schmidt. En su programa de media hora, dos veces por semana, el mordaz entertainer comenta todo lo que le viene en gana. Para ello el brillante dramaturgo tan sólo cuenta con la ayuda de su amigo Manuel Andrack, que le lanza algunos comentarios, que sirven de gancho para el próximo soliloquio. Dicen las malas lenguas que improvisa. Y está claro que lee algo más que el periódico, como demostró al pescar el término de «televisión para las clases bajas», que ya acuñaron sociólogos en la década de los ochenta, y que Paul Nolte vuelve a recoger en su libro, Generación reforma . Desprecio a los políticos Este experto alemán, que asesora a la Unión Democristiana y a Los Verdes, explica por qué la política no encuentra lugar en la parrilla de las privadas: «Los políticos aparecen tan sólo como seres prestos a llenarse los bolsillos, y a engañar a sus conciudadanos». Por eso, continúa Nolte, el telespectador más humilde se reconoce en Gran Hermano eterno que «encierra» a desempleados o receptores de ayuda social, esto es, la principal cuota de pantalla de las privadas. «El más desfavorecido se ve a sí mismo, y se consuela pensando que a otros no les va mucho mejor», concluye el sociólogo alemán. Evidentemente las teorías de Paul Nolte no habrían tenido repercusión mediática si no hubieran salido después de la boca de Harald Schmidt, desatando una batalla campal. De arrogante e incendiario le han tachado los directivos de Sat.1 y RTL, los dos grupos que se reparten la «otra» televisión. Precisamente ahora que las privadas atraviesan horas bajas, ya que la cuota de pantalla desciende (ante la avalancha de publicidad y el hartazgo que provoca la enésima versión de Gran Hermano ) y los responsables mediáticos temen ver recortados sus ingresos publicitarios. Pesimismo Si los anunciantes creen que su público carece de poder adquisitivo, se dará a la fuga, dicen. Y por eso han contraatacado con estudios que reflejan también un alto grado de académicos entre sus espectadores. Detrás de toda esta polémica se refleja el clima de pesimismo reinante en Alemania, y el miedo de las clases más pudientes a perder su posición privilegiada. De ahí la necesidad de establecer diferencias, incluso en el sector audiovisual.