Testimonio | Mi primera Feria del Libro de Madrid La escritora gallega Susana M. Veiga relata para La Voz cómo fue su experiencia en la Feria del Libro de Madrid, a la que acudió por primera vez con su editorial
29 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Todos los viajes se hacen con un motivo. El mío era un motivo literario. Llevaba unas horas en Madrid; con dos ejemplares de mi primera novela en la mano, enfilaba la gran avenida de la Feria del Libro, atestada de lectores y de libros, de paseantes que se dejaban llevar por la paz que acompaña a la visión de tanto volumen impreso. Tenía el compromiso de participar en la presentación que mi editorial celebraba en la tarde de ayer; todos éramos noveles: el editor, los autores, las obras aún intonsas. Nuestra emoción contrastaba con el anonimato con que nos regalaba el entorno. Las gentes pasaban a nuestro lado, volviendo sus rostros hacia los autores con firma. Me preguntaba qué clase de gratitud se experimenta cuando alguien decide comprar tu libro y te lo ofrece para firmar; extraño sentimiento, cuando la obra era tuya y ya es de otro, de ese otro desconocido que te reconoce y te aborda. Pensaba que la fama es lo que se dice de uno, y que lo que no se conoce no se puede amar, y que lo difícil es que te miren como de toda la vida, gentes y gentes y más gentes que lo harían si allí se encontraran. Curiosa sensación debe de ser, pensé. Y algo de eso hubo, cuando me fui de la Feria con esas dos sensaciones, más una añadida. Del salón de actos, lleno de público entusiasta con nuestro proyecto, surgieron desconocidos que venían con mi novela en la mano, que ya era más suya que mía. Me miraban como si me hubiesen conocido de toda la vida, se acercaban con el rostro de quien reconoce algo que esperaba desde hacía tiempo. Y me daban mi libro a firmar. Entonces supe de la extraña sensación de gratitud que se percibe en ese acto increíble, casi acto de fe (y aquí más que nunca, pues era creer en lo no visto). Cuando el fotógrafo me sacó de allí para hacer las fotos, me ofreció la segunda de las sensaciones. Desconocidos que crean a tu alrededor un espacio de vacío y de curiosidad, que se vuelven y se detienen para discernir en su álbum mediático que quién rayos será ésta (no la recuerdo pero me suena). Y todo por el objetivo de la cámara (otro acto de fe; se cree en lo que ve el gran ojo). Tercera sensación De la tercera sensación me reservaré una buena parte. Yo también miré un rostro con expectación, como si lo hubiera conocido de toda la vida. Lo vi marchar a buen paso; también llevaba libros en su mano. Me hubiera acercado para ofrecerle su libro a firmar, y ahí la extraña gratitud quizá me hubiese asaltado a mí entonces. Pero lo dejé pasar. Mi fe no fue suficiente.