La Voz ofrece mañana el libro «La ciudad automática», de Julio Camba

Carlos Fernández REDACCIÓN

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MARK LENNIHAN

El escritor gallego retrata con su uso magistral de la ironía una gran urbe como Nueva York El volumen, que reproduce la edición de 1934, puede conseguirse por 1 euro con el periódico

22 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

El arousano Julio Camba fue un humorista frío, dicen que al estilo británico o, cuando menos, celta. Por eso su obra persistirá como gráfico de un perfecto mecanismo intelectual. Sus artículos en Abc , cargados de ironía, fueron muy celebrados en su época. Un resumen de los publicados sobre Nueva York, en 1929 y 1930, se recogieron, a finales de 1932, en su libro La ciudad automática , que es como él denominaba a la urbe de los rascacielos. Publicado por Espasa Calpe, el libro alcanzó bastante difusión, dada la fama que ya entonces tenía Camba. Con este libro, Camba reforzó la impresión que había tenido del país en 1916. En primer lugar, no le gustan los rascacielos, a los que llamará vejestorios, preguntándose: «¿Conciben ustedes una catedral románica mas moderna que la de Santiago, o una catedral gótica más vanguardista que la de Burgos? En cambio, yo no concibo vejestorios mayores que estos rascacielos de hace diez o veinte años», a lo que añadía: «Los rascacielos no responden a necesidad alguna. Un día se inventó el cemento armado, otro la besemerización del acero, otro se inventaron los ascensores eléctricos y, poco a poco, fue creándose el rascacielos, no para meter en él a tantas o cuantas personas, sino para meter todos estos inventos». Temperaturas Tampoco le gustó a Camba la temperatura de Nueva York, pues «el frío -decía- le viene del Polo Norte y el calor del Golfo de México». Sobre el silencio y el ruido, apuntaba: «En el caso del silencio, los norteamericanos están viendo ahora la manera de producirlo a voluntad, de un modo positivo y en cualquier lugar ruidoso, así como producir ruido donde hay silencio». En otro apartado, comentaba sobre los millonarios: «Desempeñan en la vida norteamericana una función de carácter eminentemente comunista: la de acumular el dinero que sobra una vez cubiertas las necesidades del pueblo, evitando así que las demás gentes se enriquezcan». Finalmente, Camba se consideraba un hombre moderno, aunque a disgusto: «Soy un hombre de mi época -escribió- aunque, la verdad, preferiría serlo de cualquier otra». En resumen, un libro irónico, a veces sarcástico, otras mordaz, que es el contrapunto -como fueron los dedicados por Camba a Londres y Alemania- a los típicos y almibarados de viajes, donde todo es maravilloso.