Capítulo/Semana XV En que Rocinante se enamora, y su romanticismo les cuesta una paliza a todos los de su pandilla menos al asno, que resulta ser un animal prudente.
10 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Sabido es que los naturales de Cabra se llaman egabrenses. Los de Yanguas tampoco se llaman como debieran, sino yangüeses, que es como también se llaman los arrieros. Y digo esto a cuento de la aventura que en este capítulo viven dolorosamente Rocinante y, tras él, don Quijote y Sancho. Los hechos son de la siguiente manera: Caminaban los dos hombres y sus desiguales monturas en busca de la melindrosa Marcela (la que luego fue malvada y finalmente una sabia mujer discreta), cuando dieron con un prado que estaba diciendo «duérmeme». Allí descabalgó el caballero y desburró el escudero, y tras una merienda con buen diente, se dispusieron a la siesta dejando a las monturas sueltas. Y he aquí que Rocinante percibió en su belfo la llamada de la pasión, que unos arrieros gallegos estaban dando descanso a una partida de jacas de la tierra (comprenderán ustedes que si hablo de las yeguas de los yangüeses esto va a parecer un trabalenguas). El caso es que Rocinante se acercó pizpireto y les echó los tejos a las chicas, con tan mala fortuna que fue rechazado de plano, y le tiraban coces y bocados que le rompieron la cincha y lo dejaron desensillado. Al ver el acoso masculino, los hombres se acercaron armados de palos para defender la honradez de sus animales; defensa, por otro lado, claramente innecesaria. El caso es que molieron a palos al pobre donjuán, hasta que consiguieron derribarlo. Viendo esto don Quijote, pidió a Sancho que lo secundase y arremetió, espada en mano, contra los agresores. Sancho, por una vez y sin que sirva de precedente, se unió a su jefe en la arremetida, pero eran veinte contra dos, y a pesar de que don Quijote afirma que vale por ciento (con lo cual serían ciento uno), lo cierto es que la canalla gallega los rodeó y los molió bien molidos, que rodaron al suelo para unirse al derrotado Rocinante. Así las cosas, y viendo que se les había ido la mano, los yangüeses gallegos agruparon a sus jacas y se largaron del lugar dejando tres cuerpos caídos y un burro que a prudente distancia lo observaba todo. Y allí, en el suelo, tuvo lugar una provechosa conversación entre caballero y escudero, de la que cabe resaltar, por parte del uno, la constatación del hecho de que un caballero no debe nunca luchar más que contra iguales, y por parte del otro la firme promesa de no volver a pelear por afrentas pasadas, presentes ni futuras. ¿Y Rocinante? ¿Qué pensaba Rocinante? Nadie nos lo aclara, pero yo tengo la certeza de que sólo pensaba que las hembras son muy poco románticas, y que tampoco hay que ponerse así. Los gallegos, por otro lado, podían ser, en lugar de yanguëses, naturales de Cabra. Si los naturales de Cabra se llamasen como deben.