«La sociedad pide espectáculo»

Javier Armesto Andrés
Javier Armesto REDACCIÓN

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Entrevista | José Antonio Corrales Gutiérrez Es madrileño, pero formó junto a un coruñés el tándem de arquitectos más conocido de España. Reivindica las arquitecturas olvidadas y critica el formalismo actual

08 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

Superviviente de la mejor generación de arquitectos españoles, José Antonio Corrales todavía mantiene abierto su estudio a los 83 años, y se presenta a concursos «para mantener la cabeza viva». Habla despacio, con esfuerzo, pero la edad no ha hecho mella en su concepción de la arquitectura, tan moderna como el Swatch que lleva en la muñeca. Corrales pasó por A Coruña para impartir una conferencia en la Fundación Barrié sobre el pabellón de España en la Exposición Universal de Bruselas de 1958, proyectado junto al coruñés Ramón Vázquez Molezún. Una instalación que se conserva parcialmente en estado ruinoso en la Casa de Campo de Madrid. -Para un arquitecto tiene que ser duro que derriben su obra o que se abandone. -Pues es un hecho que se da más de lo normal. Incluso en nuestro caso: el instituto de Herrera de Pisuerga está destrozado, la residencia de Miraflores de la Sierra se ha transformado en un colmado andaluz... El pabellón de Madrid no se puede restaurar, habría que construirlo de nuevo. Casi es mejor que desaparezca. -A veces da la impresión de que la arquitectura del siglo XX no ha sido comprendida por la sociedad. -La cultura arquitectónica moderna es bastante escasa. Y, sobre todo, cuando se trata de residencias particulares la sociedad es muy conservadora. El diseño moderno no ha entrado en muchas personas, así como entra la cultura, el automovilismo... Un coche último modelo se admite, una casa último modelo no. -Usted ha formado pareja profesional con el coruñés Vázquez Molezún. Hoy en día eso es muy normal, pero a finales de los 50 las individualidades eran más comunes. ¿Cómo surgió esa asociación? -Yo era de la clase de Ramón en la escuela, teníamos una afinidad bastante grande. Él estuvo pensionado en Roma y cuando regresó automáticamente nos pusimos de acuerdo para trabajar, pero sin obligaciones. Él tenía su estudio y yo tenía el mío. Era una colaboración libre. -Son contemporáneos de Fisac, Oiza, De la Sota... ¿Qué recuerda de aquella época? -Había una especie de idea común de renovar la arquitectura española. Sota era un minimalista, Oiza era en aquellos años un Mies. Pero nosotros siempre hemos tenido la mentalidad de que el proyecto estaba dictado por el caso particular, sin adscribirnos nunca a ningún movimiento. Llegaron a llamarnos 'agnósticos', porque no se veía por dónde veníamos. Y esa es la idea que mantengo: hacer una arquitectura que no siga modas ni teorías, sino dictada por el programa. -En la Historia de la Arquitectura de Benévolo se dice que los críticos les consideraban a Molezún y a usted «la muestra más clara de arquitectura neoconstructivista». -Ramón era un constructor nato, su padre tenía un taller de carpintería de barcos, y tenía gran facilidad para coger una idea y meter la estructura y los detalles constructivos. Yo era más idealista. -La arquitectura de hoy en día está dominada por la forma y la capacidad expresiva. ¿Qué le parece? -Este verano estuve en la Bienal de Venecia, he visto doscientas maquetas y es una exhibición de formalismo brutal. La sociedad pide espectáculo, y la Administración y todo el mundo. -La unidad vecinal de Elviña, en A Coruña, es uno de sus proyectos gallegos más destacados. -Sigue las ideas del urbanismo de los CIAM -Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna, creados en 1928 para formular y debatir sobre los problemas de la vivienda, el urbanismo, etc.-. Se procuró separar el peatón del vehículo, tiene viviendas mirando a mediodía, galerías intermedias que proporcionan espacios públicos y privados... Ahora está bastante destrozada, la han rehabilitado de mala manera. -¿Qué se ha hecho mal? -El sistema nervioso de mi unidad vecinal tenía unas galerías y unos puentes que las unían. Para llegar a los pisos se subía por unos ascensores, luego se andaba por las galerías y se subían unas escaleras. Cerraron los ascensores con el pretexto de que servían para fumar y claro, es como si a un escritor le cortan los tendones. No creo que lo hayan entendido. Esos espacios intermedios públicos y privados no tienen interés hoy en día. La gente lo que quiere es no ver al vecino y bajar al garaje. -Es una obra muy valorada por los arquitectos, pero curiosamente, la gente la rechaza: cuando llegan a A Coruña por la autopista dicen 'qué edificios más feos'. -Para aquella época (1966) era un avance y no se comprendía, pero hoy tampoco. Lo complicado hoy en día es pasar de la ciudad básica, de las calles, a la urbanización abierta. Esto lleva a unos ensanches sin ningún estudio serio que son todos iguales. Es la globalización, da igual estar en el ensanche de Valladolid que en el de Barcelona: unos bloques puestos a lo loco, unas zonas verdes medio caídas, es un quiero y no puedo. Pero una zona abierta, bien estructurada de acuerdo con el paisaje y con la ciudad, no se ve mucho. En ese sentido, el Movimiento moderno no ha acabado de cuajar del todo. -¿Qué otros proyectos recuerda en Galicia? -En A Coruña, la Escuela de Artes, lindando con el paseo marítimo en la parte vieja. Y unos bloques de viviendas en Vigo. Tienen una galería cada tres plantas y están hechos con hormigón deslizado. El encofrado lo pusieron unos carpinteros noruegos. Pero hoy en día están pintados a rayas, como una camiseta... ¡Ja!