El pecado de Julia

TELEVISIÓN

No puedo dejar de caer en la tentación de escribir sobre la polémica televisiva de esta semana. Ningún pecado original. La envidia es lo que me arrastra a escribir estas líneas después de leer la crónica de Lois Blanco. El negro sobre blanco de otras épocas, donde la calidad televisiva se disfrazaba únicamente de programas de cultura literaria, se refresca en este nuevo talante de progresismo light con la dulzura sutil de las entrevistas de Julia. El pecado de la periodista gallega no ha sido la gula por las cerezas, personajes forzosamente «enlazados unos con otros»; el pecado de Julia no ha sido la lujuria , esa excesiva picardía erótica por tocar el cuerpo remero de nuestro David Cal. Ni siquiera la pereza por no haber innovado más que en la decoración Zen. Nada peor que la nostalgia en televisión: intentar recuperar el tiempo perdido es siempre una pérdida de tiempo. Tampoco su avaricia , no sólo económica sino temporal (tres horas en prime time) . El pecado capital de Julia ha sido la soberbia . Aleccionar al espectador sobre lo que es televisión de calidad en cada uno de sus programas no es un buen principio. Su empeño en establecer la línea divisoria entre los espectadores de culto y la masa que se pierde en la ira de la telebasura (Nicki y Bea que me perdonen) la ha arrastrado a la abulia de la audiencia, al infierno de los que deciden. No se puede programar para el pueblo pero sin el pueblo, porque algunos parecen olvidar que el zapping nos convirtió ya hace años en espectadores libres. Aún estás a tiempo de ganar el cielo. Esperábamos más. Y que conste, Julia, que yo te veo.