Ha transcurrido una semana desde el estreno de la película Mar adentro y en los multicines ribeirenses las colas aumentan en cada función. La sala 2 logra llenos históricos, como prueba el hecho de que unos cuatro mil barbanzanos han visto ya el filme en el que se cuenta la historia de Ramón Sampedro, el tetrapléjico de Porto do Son que convirtió Barbanza en la abanderada de la lucha por el derecho a morir dignamente. Amenábar va a convertirse en leyenda no sólo porque su cinta despierta pasiones, sino porque ha conseguido sentar frente a la gran pantalla a personas que dejaron de ir al cine cuando la entrada todavía se pagaba en reales. Si algo llama la atención es la elevada cantidad de hombres y mujeres de avanzada edad que hacen cola en el cine. Algunos no saben ni cómo se saca la localida, y antes de meter la pata preguntan: «¿Como se fai para entrar a ver a Ramón?». Estos ciudadanos que se conforman con cualquiera de las series de temporada que se emiten en televisión no van a ver Mar adentro porque sea el estreno del año, ni porque actúen Bardem o Belén Rueda. Acuden al cine porque se cuenta la historia de un vecino. La película es de estos espectadores anónimos, porque sus pies han pisado cada palmo de la sierra que Sampedro sobrevuela en sus ensoñaciones, porque reconocen a esa vecina de la conservera que sale fugazmente en una escena, y porque saben a qué temperatura suele estar el agua de la playa de As Furnas en la que uno no puede tirarse de cabeza si no quiere acabar postrado en una cama como el tetrapléjico en el que se fijó un cineasta madrileño. La película, además de llenar la caja de los multicines, ha despertado el debate sobre la eutanasia. Agosto fue el mes más lluvioso de las últimas dos décadas, pero el tiempo ha sido sustituido como tema de conversación por el derecho de los hombres a decidir sobre su muerte.