LO OCURRIDO con los siete agentes del CNI en las afueras de Irak impone una macabra inflexión en la cobertura mediática sobre los muertos pertenecientes a otros países en la inmediata posguerra. Pudimos ver en todos los informativos, como un grupo de iraquíes pisoteaban o pateaban algunos de los cadáveres. Un plato indigesto para cualquiera, imagínense para sus allegados. Imágenes terribles que sin embargo vimos porque no ocurre lo mismo con el mortal cuentagotas de las tropas norteamericanas. Sus cadenas locales evitan sacar a sus muertos por el interés del Pentágono en impedir su filtración, aunque obviamente no puedan evitar que sus ciudadanos las vean en los canales internacionales si las hay. Todavía recordamos al oficial atrastrado desnudo por las calles de Mogadiscio cuando su Black Hawk fue derribado en Somalia en 1993. El ejército norteamericano fracasó estrepitosamente en una misión enviada para capturar al dictador Mohammed Fará Aidid, pero una cámara estaba allí y las imágenes dieron la vuelta al mundo. Impactó fuertemente en la opinión pública local. Desde entonces, los gobiernos de EE.UU. procuran evitarlas. No ocurrió lo mismo aquí, y en las últimas horas pudimos ver, reiteradas, esas terribles escenas. Sinónimo de libertad informativa, claro, pero un mazazo a demasiadas cosas.