Crítica | «Tancredi», en el Festival Mozart
04 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.Entre las muchas posibles, hay dos aproximaciones al Tancredi rossiniano que, en cualquier caso, justifican el conocimiento de una obra poco habitual en los repertorios, más allá de los circuitos especializados. En primer lugar, está el placer filológico de descubrir una ópera que es a la vez punto de partida y compendio de lo que luego será el melodrama romántico italiano. Varios ejemplos: esos coros heroicos; sus dúos, que en la combinación soprano-mezzo hacen presentir ya al Bellini de Norma , y en la de tenor-bajo, remiten al primer Verdi; la escena de Amenaide al inicio del segundo, que con su canto elegíaco recuerda a las reinas donizettianas; hasta en el personaje de Argirio pueden intuirse a los torturados padres verdianos, y así hasta el infinito. La segunda posibilidad consiste en abandonarse llana y simplemente al hedonismo vocal e instrumental de un inspiradísimo Rossini, y buscar en la fertilidad y belleza de sus melodías las asociaciones que uno pueda llegar a imaginarse, como prescribe Alberto Zedda. Para esto último, sobre todo, es preciso contar con los intérpretes idóneos, y ahora los ha habido en A Coruña. De menos a más No era el reparto soñado, ni ideal, pero sí estuvo muy bien cohesionado. Todos fueron de menos a más y en algunas intervenciones del segundo acto se rozó el milagro. Daniella Barcellona derrochó sutileza, hondura expresiva. María José Moreno sobresalió en los momentos de mayor lirismo, como al inicio del acto segundo, donde la belleza de la voz y la inteligencia de la artista logran imponerse. Raúl Jiménez se sintió especialmente cómodo en su cálido registro central y sorteó cuanto pudo los agudos: en conjunto, delineó un Argirio de corto heroísmo, pero de gran sensibilidad, y Ulivieri volvió a seducir, como en Papageno. Pizzi ofrece un Tancredi de líneas puras, despojado de innecesarios ornamentos, para favorecer así una lectura que incide en la problemática central de esta ópera: la incomunicación como metáfora de la soledad, aquella que ni siquiera se cura en compañía. Sus personajes son incapaces de hacerse entender, ni ahora ni nunca: el milanés subraya de forma sutil la intemporalidad de dicho asunto. Sus conflictos interiores se tornan asfixiantes, enmarcados en un ambiente deliberadamente monumental, que contribuye a reflejar el contraste entre los posibles éxitos públicos frente al evidente fracaso de sus vidas privadas, un tema que obsesionará enormemente a Verdi. Triunfador absoluto de esta velada operística de altísimo nivel, y del propio Festival Mozart, ha sido el director Alberto Zedda. Desde la pimpante obertura hasta ese final etéreo, al frente de una espléndida Sinfónica de Galicia, absolutamente rossiniana, y del soberbio coro de la CAM. El director planteó un discurso de una aplastante coherencia, fue riguroso, ágil, vivo, y acompañó a los cantantes con gran exquisitez camerística y planificando los conjuntos -esplendoroso final del primer acto-, con la precisión de un mecanismo de relojería, pero dotado de alma, vigor y emoción. Fue una gran noche para la música.