Velázquez se encuentra con Vermeer

Elena F. Palacios MADRID

TELEVISIÓN

El Museo del Prado expone juntos por primera vez en una sala las obras maestras que reflexionan sobre el mismo tema: «Las meninas» y «El arte de la pintura»

21 may 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

No se conocieron en vida ni tuvieron la oportunidad de ver la obra del otro, pero resulta curioso contemplar cómo dos artistas, quizás los más geniales del siglo XVII, tuvieron tanto en común. Diego de Velázquez (Sevilla 1599-Madrid 1660) y Johannes Vermeer (Delft 1632-1675) fueron dos intelectuales que reflexionaron profundamente sobre su oficio y plasmaron sus meditaciones en su obra. El sevillano en Las meninas ; y diez años después, el holandés, en El arte de la pintura . Dos lienzos hasta el momento sólo unidos en las enciclopedias de arte, pero que ahora se exponen juntos, hasta el próximo día 26, en el Museo del Prado. La exhibición constituye un broche de oro a la muestra Vermeer y el interior holandés , que en los últimos dos meses hizo que las colas rodearan la pinacoteca. Pero «el viaje de Vermeer a Madrid necesitaba también un encuentro con Velázquez», opina Miguel Zugaza, director del museo. Y viendo los dos óleos se agradece que los responsables del museo ofrezcan esta «propina». Parece que los dos pintores hubieran pasado horas charlando sobre la función del artista en la sociedad, la luz, la perspectiva o la vida doméstica. Como si un maestro hubiera dado el tema para que cada uno de sus alumnos lo desarrollara. Velázquez, a lo grande, en un lienzo de amplias dimensiones y muchas escenas; Vermeer, con un óleo mucho más reducido e introspectivo. El nacimiento de los dos cuadros tuvo orígenes muy distintos. Las meninas surgieron de un encargo del rey Felipe IV, y el pintor se retrató a sí mismo con el emblema de la Orden de Santiago en el pecho. Es un artista aristócrata, bien relacionado con la corte, que ennoblecido por su mecenas da vida a la familia del Rey a través de su arte. Está trabajando sobre un gran lienzo de lo que sería el retrato del monarca y la reina Mariana, y numerosas interpretaciones apuntan a que el sentido de la obra es la expresión de la imagen de continuidad de la familia real. Vermeer, sin embargo, hizo su obra maestra para sí mismo. En ella aparece el artista de espaldas -quizás se trata de un autorretrato-, pintando a Clío, Musa de la Historia. Mediante la pintura, el holandés supera las demás artes -escultura, tapicería y grabado representados por objetos en el mismo lienzo- y a través de su destreza se asegura su propia fama e inmortalidad. El maestro de Delft nunca quiso vender este cuadro y lo guardó en su estudio toda la vida. La misma ambición Uno enseña la tela que pinta, el otro la esconde, pero ambos tienen la misma ambición: mostrar de lo que es capaz el arte. «El parentesco de estos dos cuadros es enorme», dice Gabriele Finaldi, director adjunto del Prado. «No sólo son dos obras maestras que miran el arte de la pintura, son también de un gran virtuosismo en la composición y en el tratamiento de la luz». En Las Meninas , la luz es lateral; en El arte de la pintura , la luz blanca entra por la ventana creando un espacio dentro del cuadro, y va descubriendo la araña que cuelga del techo, con todos sus detalles; el mapa de los Países Bajos, tras la independencia de España, con sus rayas verticales... Son dos atmósferas perfectas que participan en muy distinto modo de un supremo naturalismo. A juicio de Finaldi, « Las Meninas son una obra con mucha actividad. Hay ruido, niños, perros..., mientras que El arte de la pintura es más silenciosa, con un ambiente de meditación dentro del recogimiento del estudio». Pero ambas coinciden en un grado de ilusionismo fascinante, en transformar lo transitorio en eterno y, en definitiva, en una reflexión sobre el papel del arte. Tras esta exhibición puntual, El arte de la pintura volverá a viajar al Kunsthistorisches Museum de Viena, su sede habitual. Y quién sabe si la infanta Margarita volverá a mirar alguna vez a los ojos de Clío, más allá de los manuales de arte.