A Libardino Romero le pesa el alma, como a Xosé Carlos Caneiro le pesan las palabras. El protagonista de Ébora , -la novela que Espasa acaba de publicar en castellano- ansía aventuras, vivir otros mundos, y huye de la rutina, de los golpes de la macheta del carnicero, de la energúmena Ofelia. Caneiro ansía construir cultura, «ella es como la rosa que sostienes en tu mano, precisa cuidados, abrigo, necesita exhibirse para que aquellas y aquellos que la miran sientan un trozo de paraíso instalado en su pecho», arenga el mismísimo San Benito a Blas, el cura de Ébora (pag. 43). Caneiro ha construido un castillo literario desde cuyas torres se ve Comala, Macondo, los 24 cantos (los mismos capítulos que tiene el libro) de Homero indicando el camino de Ítaca y tantos otros lugares labrados en letras. El suyo, el de Caneiro, es esa «Ébora de niebla y olvido, amada siempre, cubérculo de las penas todas, del frugal desespero, de la ruin melancolía, volver a ti, encontrarte sumida en la indeleble ausencia de lo cotidiano y repetido. Volver a ti, tierra de valle y río, tierra de mi amor, lejos tan lejos» (pag. 224). Caneiro ha construido un castillo, tallado palabra a palabra («Bonita palabra, anadino, debemos utilizarla como definitiva descripción de los seres envueltos por la Nada ¡mayúscula!», pag. 372). Y cuando las letras no suenan inventa otras, las mezcla, las funde, les da otra forma o lleva al lector al diccionario. El tópico de construir un mundo aquí es más real que nunca porque Libardino Romero, o Caneiro, hablan de casi todas las cosas que envuelven la vida. Pero Libardino-Caneiro deberá iniciar otro viaje, salir a enseñar Ébora, mostrar a las gentes sus enormes virtudes, perder el tiempo y los cuartos contando las excelencias de un mundo magníficamente construido pero al que sus más de 450 páginas desanima a muchos a visitar. El reto es ponerla en el mismo estatus que el Ulyses de Joyce: muchísimos hablan de ella y poquísimos la han leído. De todos modos, Ébora, un paraíso literario, merece ser conocido personalmente, no de oídas.