El presentador de los Oscar con más tablas y humor

La Voz B.P.L. | REDACCIÓN

TELEVISIÓN

09 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

Su cara ya había aparecido en numerosas comedias y series de televisión cuando Billy Crystal subió por vez primera al escenario de los Oscar, allá por el año 1990. No lo hizo porque tuviese que recoger ninguna de estas estatuillas doradas, pues hasta entonces los méritos que había hecho se resumían en un puñado de títulos como Animalympics, La princesa prometida, Tira a mamá del tren o Cuando Harry encontró a Sally , donde hizo pareja con la entonces incipiente novia de América Meg Ryan en la mítica escena del orgasmo en el restaurante. Si subió al escenario entonces fue para empezar así su particular carrera como uno de los más populares presentadores de la ceremonia de entrega de premios con más glamur de la televisión. Sus chistes, su sentido del humor, sus improvisaciones y, más importante, su capacidad para mantener los niveles de audiencia durante tres horas lo convirtieron en uno de los conductores mejor considerados, y la pequeña historia que él ha escrito ha eclipsado a otros anfitriones ocasionales, como Whoopi Goldberg, David Letterman o Steve Martin. Gracia innata Pero esta gracia es algo innato en Billy Crystal. A los 15 años fue nombrado el estudiante más gracioso del colegio y a los 20 ya tenía su propio espectáculo en el campus de Nueva York, donde aprendió dirección de cine y televisión de la mano del mismísimo Martin Scorsese. Su carrera ha sido irregular y llena de altibajos. A pesar de haber trabajado en títulos reputados como Desmontando a Harry, de Woody Allen, y el Hamlet de Keneth Branagh, fue en 1999 la primera parte de Una terapia peligrosa la que le hizo superar su mala racha y la que mostró, para sorpresa de muchos, al mismo personaje cómico de siempre pero dotado de una nueva madurez.