Eugenia Rico ganó el premio Azorín, convocado por Planeta, con la novela «La muerte blanca»
31 may 2002 . Actualizado a las 07:00 h.El mejor homenaje a Carlos Casares fue ver, al día siguente de su muerte, su columna en blanco en La Voz de Galicia. Lo decía esta semana otro escritor. Aquellas eran palabras blancas, literatura silenciosa, mundos insinuados que intentaban lamentar una muerte ante la imposiblidad de encontrar dichos capaces calmar el dolor. Pensaba en ello leyendo a Eugenia Rico y su muerte blanca, esa que, cuenta la protagonista, descubrió en un viaje a Rusia cuando una anciana le dijo que era la forma más feliz de morirse, la más dulce, la que sólo necesita unha botella de vodka y mucho frío. Pensó en ponerla en práctica pero en el lugar donde vive faltaba el frío. La voz anónima de la mujer que protagoniza esta novela lamenta la muerte de su hermano, un joven de 16 años con el que mantenía una estrechísima relación, «éramos capaces de seguir con lo que estaba diciendo el otro» y esto durante horas. La forma de narrar de esta asturiana es arriesgada, podría ser blanca, como las olas del mar que van y vienen intentando asirse a las rocas, dejar en ellas su huella, como la historia se agarra a los ojos del lector que viaja de al infancia a la adolescencia de los protagonistas. El oleaje define a la perfección el ritimo de esta novela con la que la autora ganó el premio Azorín. Desde el primer momento, desde que el jurado dio a concer su veredictro, una de las cuestiones en las que m¿¿as se insistió fue que se trataba de algo diferente. Es posible que la lectura de esta muerte blanca deje en el lector la misma sensación que la de contemplar el mar en solitario, viendo como el agua va y viene, como un día las olas parece que llevan vestido blanco y otras que están dormidas sobre la tierra. Germán Rodríguez Olvidado es el joven muerto y su hermana, la naradora, no sólo va y viene sobre lo acontecido desde su nacimiento hasta que han pasado diez años de la muerte de «hay que cambiarlo de nicho», sino que navega sobre los sentimientos. De este modo, narra el desgarro de la separación, la posibilidad de «que fuera yo la que hubiera muerto para darle la vida a mi hermano», algo que le atormenta en los sueños, la ausencia de los padres en los momentos clave como es el entierro del joven. Es un ir y volver, componer el rompecabezas de una vida que no sabe explicar la razón última por la que un joven con 16 años, el guapo, el preferido de la familia puede morirse cuando tenía tantos planes para el cambio de siglo, cuando pensaba que tanto tiempo por delante. Es posible que la muerte, incluso la desesperación a veces de sus padres, sea un asunto duro, pero la razón última de enfrentarse a él está en las primeras líneas del libro, una frase de Jean-Paul Sartre escrita en medio de una página que está casi toda ella en blanco: «Escribir de las cosas más oscuras es un acto optimista, porque supone su conquista». Lo que hace Rico con esta novela.