El cine de los maravillosos Coen está cargado de referencias a los grandes maestros del cine y de la literatura, sus principales intereses. Su memoria cinéfila es apabullante; su amor por las películas y los libros, incondicional e infinito. De ahí que no sea una novedad encontrarnos ahora en esta nueva obra maestra de los famosos hermanos con otra vuelta de tuerca a uno de sus géneros favoritos, el negro; negrísimo en este caso. No es la primera vez que ambos se fijan en James M. Cain, el autor de El cartero siempre llama dos veces , para rendirle homenaje. De alguna manera su primera cinta, Sangre fácil , con su tono lúgubre y su descarnada historia de truculentos asesinatos, sexo húmedo y adulterio femenino, llevaba ya implícito el sello inconfundible del escritor norteamericano. Cain, filtrado a través de Billy Wilder ( Perdición ), vuelve a colarse en este demoledor y pesimista relato que recupera las esencias del mejor cine de los años 40. A través de un guión sólido, sin fisuras (algo cada vez menos frecuente); una exquisita puesta en escena marca de la casa (con sus giros de siempre), y unas actuaciones sencillamente prodigiosas (Billy Bob Thornton lo borda), los Coen trazan el fatal itinerario hacia el abismo de un hombre vulgar. El protagonista es uno de tantos que se limitan a hacer un trabajo que ni siquiera les gusta y pagar las facturas sin abrir la boca, pero que llevan en su interior una carga explosiva que poco a poco los destruye: un deseo íntimo e inaplazable de romper amarras con la asfixiante mediocridad de sus existencias para lanzarse por la pendiente de un porvenir incierto, pero al menos distinto al que el destino parecía tenerles reservado. Aunque para ello deban tomar atajos peligrosos que inevitablemente, según las convenciones del género, y de la misma vida, conducen hacia un final más que previsible.