CÉSAR WONENBURGER CRÍTICA DE MÚSICA / FIDELIO
19 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Nunca es tarde. La Real Filharmonía, una orquesta todavía joven, acaba casi de debutar en la ópera de la mano de una esperanzadora colaboración con el Liceo de Barcelona, que ojalá arroje nuevos frutos en un futuro próximo. Si ese magno coliseo lírico que ahora se planea construir en la futura Ciudad de la Cultura llegase a funcionar la cuarta parte de bien que ahora lo hace el teatro catalán, renovando su compromiso por la calidad años tras año y teniendo por ello que incrementar el número de sus abonos en una progresión constante, sería todo un éxito. Veremos lo que sale de ahí. Para su fogueo operístico, la orquesta compostelana ha elegido dos de los títulos más complejos y fascinantes del repertorio, el Fidelio beethoveniano, ofrecido ahora, y el Cosí fan tutte de Mozart, que se hará en mayo. No le falta coraje. Aunque los resultados, de momento, sólo apuntan a una decorosa corrección, no hay como echar a andar para hacer camino. Fidelio plantea escollos enormes, casi insalvables, que surgen de la misma concepción de la ópera, cuyo vuelo dramático se ve lastrado por un libreto mediocre, y de la casi imposibilidad, hoy día, de encontrar un cast vocal idóneo. Al menos en Santiago no lo ha habido ahora. Ninguno de los intérpretes, salvo quizá una musical Isabel Monar, incluido el coro, lograron superar la discreción, con lo que se echó en falta ese punto de brío, de nervio palpitante que la obra demanda. El director Ros Marbá concertó con habilidad. Se preocupó de dejar oír a los cantantes y planteó una versión a la cual quizá le pudo sobrar solemnidad y a la que le faltó empuje y dramatismo, un plus de arrebato en momentos decisivos. En cualquier caso, la excelente partitura de Ludwig van Beethoven, que siempre justifica el empeño, logró abrirse paso para transmitir perfectamente su mensaje de denuncia de cualquier tiranía, pretérita o futura, y de exaltación de la libertad, como la más noble de las aspiraciones humanas.