LOS FRACASOS DEL TRIUNFO

La Voz

TELEVISIÓN

LUIS FERRER I BALSEBRE OPINIÓN

17 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

La Operación Triunfo (O.T.), ha sido un triunfo de la operación. Pero también ha sido un fracaso para algunos. Fracaso estrepitoso de los cerebros encargados de valorar la calidad y el éxito del programa, por ejemplo. Es un alivio saber que la idea fue desechada reiteradamente por todas las cadenas. Una vez más se demuestra que el éxito tiene mucho más de azar que de sesudo análisis del departamento de producción. Lo cual está bien, porque, como enuncia Milgram, hace dudar sobre la importancia de la versión que imparte la autoridad respetable a la hora de determinar los gustos de la gente: «Controle el modo en el que un hombre interpreta el mundo y sus gustos y habrá avanzado un largo trecho hacia el control de su comportamiento». El comportamiento de la gente frente a O.T ha sido impredecible y eso está muy bien. Está muy bien porque desmonta un estúpido argumento y demuestra que si la gente consume bazofia lo hace, no tanto, o no sólo, porque le gusta, sino porque no hay más dónde elegir. O.T es un punto de corte esperanzador en la escalada de las cadenas hacia una televisión fisgona y cotilla, donde lo más íntimo es exteriorizado. Esperemos que la pleitesía a la que se han visto abocadas el resto de las cadenas ayude a reconsiderar su programación y la idea de «lo que a la gente le gusta». También es curioso y fácil de predecir una revitalización del interés por el casposo Festival de Eurovisión. Regreso del Festival, regreso de la Reválida y salida del botellón. Tres detalles que tienen más en común de lo que parece y que se antojan señales de un cambio social interesante. El patito feo ¿Y por qué el fracaso de Chenoa, Manu y Vero? Por la misma razón que cae mejor el patito feo que el cisne; la misma por la que la afición apoya al Numancia frente al Real Madrid, o la que casi santifica a Lady Di. Entre el débil y el «chulito», la gente se identifica con el débil. La mayoría somos más Bustamante que Chenoa y, además, todos somos Salieris. Por eso ganaron unos y perdieron otros, aunque todos cantan muy bien. Pero: ¿Qué les diferencia?. Hubo un programa en el que los padres visitaban a los concursantes; todos les infundían ánimos y apoyo. Pero los de Chenoa, cálidos y correctos, contestaban a su pregunta ¿por qué me habéis traído tan poca ropa? con un quirúrgico: «Para el tiempo que vas a estar aquí, te llega». Manu Tenorio, no tiene padre; tiene un tío al que adora, con el que no dejaba de declararse deudor y al que identificaba como el padre que no tuvo. Y Verónica era la más mona. En Rosa, Bisbal y Bustamante el objetivo sólo era triunfar. En Chenoa, Manu y Vero, además, late la necesidad de «demostrar». Demostrar, no al público, sino a algo más íntimo y severo, a ése Padre (con mayúsculas). De ahí su coraje y fortaleza. Esos atributos que un público afectorreico y mayoritariamente juvenil juzga como «chulitos»; cuando en realidad, sólo los más débiles pueden llegar a ser los más fuertes. Ellos sobrevivirán al fracaso, dudo que alguno de los otros pueda sobrevivir al triunfo. Apuesto por Chenoa.