Una visión para sentir el aliento de la exsitencia

MERCEDES ROZAS

TELEVISIÓN

PACO RODRÍGUEZ

Anthony Gormley expone en el CGAC

01 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

N alguna ocasión, dijo Brancusi que él no esculpía pájaros, sino el acto de volar. Cuando se contempla el Peine de los vientos no estamos viendo una forma forjada por las manos de Chillida, sino el embate indomable del viento y el mar contra el perfil del hierro. Es una constante en el arte contemporáneo el identificar el calado más profundo de la imagen. Son los propios artistas los que nos arrastran hacia lo espiritual, provocando nuestra reflexión con creaciones que atrapan el vacío entre las paredes de un cubo, como las de Tony Smith, o adelgazando las figuras para hacerle sitio a un espacio, concebido sólo en la imaginación de Giacometti. De la misma forma, en las creaciones de Anthony Gormley, la mirada del espectador no se paraliza frente a la representación del cuerpo del hombre. El artista nos empuja a una incursión en el aliento mismo de la existencia; nos lleva, además, a visualizar la propia ausencia. No nos quedamos con la apariencia de los pájaros; alcanzamos a reconocer el silencio de su vuelo. Gormley despoja a la figura de la percepción clásica, en la que la realidad quedaba emparentada con la propia imagen. En estas piezas de hierro, plomo y cemento la huella de lo humano se interpreta en la presencia de sugerencias que se adueñan del espacio, librándolo de su indiferencia. El lugar se sustrae a la imposición del objeto antropomórfico, esculpido con el canon vivo del artista; y del vaciado en yeso de su cuerpo acaban por emerger una serie de formas, adulteradas deliberadamente por el proceso de creación. En el trabajo que el escultor inglés lleva a cabo desde finales de los años setenta se registran todos los posibles trazos de la esencia humana. Se presenta ésta en el contorno de figuras, inquietantemente estilizadas, de Seres interiores o sostenidas en el aire -Masa Crítica II-, abstraídas en una actitud ritual de concentración. Del mismo modo se expresa la personalización de la existencia en una habitación enmarcada por rastros táctiles de ropas y calzado que en su momento cubrieron el cuerpo de Gormley; es una ausencia que se presiente encarcelada entre las cuerdas de un cuadrilátero fabricado de recuerdos. Incluso, dentro de un simulacro de un gigantesco fruto o en el mapa de la huella de una mano deducimos la memoria de vida que se esconde tras ella. Son 30 años de arte los que el comisario Michael Tarantino ha traído al CGAC. Tres décadas en las que Gormley ha fabricado la estrategia de la representación de la materia, logrando el desvanecimiento de la misma en la desmaterialización de lo identificable. Aquí el espacio y el cuerpo, así como el espacio y la escultura son lo mismo. En cada una de estas obras nos zumba el sonido de un vuelo que como advirtió Dubuffet «se dirige al espíritu, y no a los ojos».