EL HOMBRE Y SU TIERRA

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MERCEDES ROZAS Néstor Basterretxea, escultor

12 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

uando se habla de los logros de la escultura vasca en el siglo XX surgen necesariamente ciertos aspectos que definen la obra de sus artistas más representativos. La importancia del medio en el que desarrollan sus creaciones, así como la investigación con materiales y nuevas técnicas, provocan la definición de lo vasco. Son posturas que, en la preocupación y defensa de una identidad nacional, no caen en posicionamientos costumbristas y artesanales; tanto su forma de trabajar, como la estética formal que cultivan los conectan a pautas universales, generadas dentro de un contexto artístico moderno. Aquí, más que nunca, se aprecia la confluencia del pasado y el presente. El arte de hoy se activa desde «la memoria de lo antiguo». La naturaleza Pero existen otros elementos que se vislumbran a poco que nos acerquemos a la obra de Oteiza, Chillida y Néstor Basterretxea; son los valores del espacio y el tiempo, de la masa y el vacío, del plano y el volumen, de la proporción y la potencia; y, de manera especial, de la relación con la naturaleza, que se filtra perennemente como referencia vital. La exposición con que el Museo Unión Fenosa rinde homenaje a Basterretxea es un testimonio del proyecto que comunica al hombre con su tierra. En cada pieza se refleja el espíritu de una tradición enmarcado por el giro decisivo de lo actual. A menudo, las tres dimensiones marchan al compás que trazan la geometría y la materia. Con una querencia hacia la abstracción constructivista, el escultor se entrega en cuerpo y alma a modelar la madera y la piedra y a forjar perfiles en el espacio sobre el hierro y el acero cortén. Bajo estas formas de composiciones racionalistas se cuelan emociones y sensaciones de gran creatividad. Presenta una serie dedicada a la mitología vasca en la que no faltan Majué, la divinidad que caminaba bajo tierra; Intxixu, el demonio del campo; Hamalau Zanco, el fantasma que perseguía a quien profanaba el descanso nocturno de los campos; Argizaiola, la luz de los muertos... Esta evocación totémica, emplazada en este caso en un ámbito vasco, tiene su correspondencia anterior en Brancusi, Picasso o Giacometti, artistas que configuraron, a su modo, el mundo de los dioses. Una generación marcada Néstor Basterretxea forma parte de una generación que padece directamente las consecuencias de la guerra civil. Exiliado en Argentina con su familia, regresa a España en los inicios de la década de los cincuenta, década en la que comienza su tarea como escultor y obtiene por concurso la realización de los murales para la basílica de Arantzazu, un proyecto que por impedimentos políticos no se podrá llevar a cabo hasta los años ochenta. El eslabón de la escultura vasca, que representa, es mención obligada en el panorama del arte contemporáneo español. Su semilla es recogida, actualmente, por artistas jóvenes como Pello Irazu y Badiola.