Al cine argentino le van los dramas. Parecerá un tópico, pero cuando quieren ponerse emotivos, lo bordan sin incurrir en la sensiblería barata. El hijo de la novia prodiga el milagro de hacer una simpática y agradable comedia a cuenta de dos dramas que se cruzan en la vida de su protagonista, un recién entrado en la cuarentena que un día entiende el mensaje enviado por su corazón y decide que debe virar el rumbo para volver a empezar. Pero además tiene a su madre enferma de Alzheimer y a su padre todavía perdidamente enamorado de una mujer que apenas le reconoce. De ese grueso tronco salen diferentes ramas en forma de personajes variados, con una estructura coral que parecía exclusiva de los norteamericanos, pero que Campanella demuestra manejar bien, sin duda resultante de su aprendizaje en Hollywood, ya fuera en telefilmes o en sitcoms. Cuenta el autor que inspiró su guión en sus propios padres (su madre padece la enfermedad de Norma Aleandro en el filme), y que tomó cosas vividas de sus amistades y su vecindario bonaerense. Servido con una sutileza y una elegancia dignas de la alta comedia, sin astracanadas ni chistes fáciles, a la manera clásica. Los personajes se entrecruzan a la manera del mejor enredo, pero sin renunciar a la componente autóctona, logrando algo tan complicado como no disimular que es argentina pero al mismo tiempo reivindicando su universalidad. Sentimos con los personajes, logran introducirnos en su piel. En la última Seminci fue la favorita aunque luego perdería ante la también notable comedia danesa Italiano para principiantes. Idónea para cultivar la militancia anti-Hollywood.