El cine español tiene pocos animales cinematográficos como Victoria Abril, que junta con maestría lo vulgar y lo excepcional.
29 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Su característica voz, entre aguda y áspera, la mirada siempre encendida, el rostro expresivo de dientes de conejo que asoman mordiendo los labios y su arrebatadora intuición la convierten en una actriz única, representación ávida de la vida. Cuando en 1992 interpretó Demasiado corazón alguien dijo que ese título la definía de maravilla. Incondicionales y detractores estarán de acuerdo. Después de pasar por algunas películas y por el Un dos tres de Ibáñez Serrador, Vicente Aranda la redescubrió en Cambio de sexo, donde interpretaba a una transexual, un patito feo que se hace cisne. Desde entonces fue la musa del director catalán con el que hizo 8 películas más. En La chica de las bragas de oro la heroína de Aranda encontró entre los labios un pelo púbico de Lautaro Murua e inventó imaginativos juegos de cama en Amantes y Si te dicen que caí. En un bonito homenaje, Paco Rabal interpretaba a un trasunto de Aranda, ensimismado con los gateos de Victoria Abril en Átame. Después de esta película la actriz continuó como chica Almodóvar en La ley del deseo, Tacones Lejanos y Kika. Sin embargo, la ternura y lo infantil no van reñidos con sus papeles de reina decidida y triunfante en la tierra del sexo. Al contrario. En Mater Amantísima encarna a una madre que haría palidecer a la Jill Clayburgh de La Luna. Y sus putas de Padre Nuestro, Río Abajo y Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto son pura dulzura. En la película de Día Yánez escribía con letra de niña: «Nunca sé cuando soy feliz». Aunque ella parece muy satisfecha, a nosotros lo que menos nos gusta es su carrera internacional, incluyendo los éxitos de Felpudo maldito y La mujer del cosmonauta. Ahora regresa en Sin noticias de Dios, para interpretar a un ángel bueno, cuando en realidad lo que le van son los ángeles caídos.