CÉSAR CASAL GONZÁLEZ
09 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Este tipo es un boxeador de la literatura. Tiene cara de boxeador y escribe como si bailase sobre un ring. Suena la campana y te ha dado una serie de izquierdazos en la mandíbula que te dejan con el corazón del revés. Me alegro por su premio. Marsé es un novelista profesional, uno de los serios, de los grandes. Lo suyo no son las pajas mentales sobre el prozac. No. El Nacional de Literatura lleva tres plenos seguidos, tres aciertos: Miguel Delibes, Mateo Díez y ahora Marsé, los tres quedarán en los libros de texto. Habrá que estudiarlos y con mucha razón. El catalán no es un personaje público. No se presta a ser novelista florero. Él trabaja en el gimnasio de las sensaciones con los folios en blanco y escribe una y otra versión sin parar. Entre sus dos últimas novelas, El embrujo de Sanghai y la ahora premiada, pasaron siete años. Benditos siete años. Si El embrujo tenía pegada, Marsé en Rabos escribe con las tripas. Es otra vez el barrio del Guinardó. Estamos otra vez en la ceniza de la posguerra. Es el verano sepia del 45. Sueños y realidad se mezclan en «un tiempo suspendido, en la placenta de la memoria», pinta el autor. Cierras Rabos de lagartija y tienes la sensación de estar k.o. sobre la lona y de que quien levanta el brazo es el mismísimo Cassius Clay de las letras, un gigante de la escritura. Pónganse los guantes y suban al ring calibre del 45. Seguro que no se arrepentirán de la paliza.