EVA VALCÁRCEL PERFIL
17 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.E gustaba jugar a ser irritante a veces, era un juego verbal y público con el que distraía la atención sobre su reconocida vulnerabilidad. El ejercicio intenso de su vida le llevó a mirar hacia todas partes. Su interés se dirigía a lo que amaba y a lo que odiaba. No podía permanecer indiferente, aplaudía o pateaba. Jamás fingía. Pocas veces sentía el imperativo de ser cortés, y cuando lo sentía, eran la amistad y el afecto los que se habían impuesto, finalmente. De sus amigos solía decir el nombre con detenido gesto, valorando en detalle el ritmo y el sonido de las sílabas; a veces repetía el nombre y el apellido de un amigo innecesariamente, creo que sólo por el placer de hacerlo oír, de reconocerlo, de mimarlo, para mostrar de ese modo su agradecimiento por la existencia de ese afecto mutuo. El agradecimiento, era un sentimiento que incluía en las conversaciones para dibujar el perfil de aquellos a los que consideraba amigos. A José Ángel Valente le gustaba agradecer, dar las gracias por la sinceridad, por el tiempo, por el afecto, por el respeto, por la atención, por el gesto. Quizás por eso jamás olvidaba una cita con un amigo ni con un enemigo, ni dejaba una llamada sin contestar, aunque la respuesta no tuviese que ser, obligatoriamente, amable. En cambio apenas nombraba a los que no respetaba, no era cuidadoso con los sonidos de sus nombres, escamoteaba su apellido, abreviaba la cita, como gesto de desaprobación y, con una imagen irónica y brillante, construía un gesto verbal alusivo y, con frecuencia, satírico que acto seguido olvidaba, para crear otro nombre utilitario cuando tuviera que volver a indignarse. Sin duda, esta relación especial con la palabra que nombra a sus amigos y a sus contrarios, está en consonancia con el respeto a la significación del lenguaje; lo que el poeta no nombra, no existe. Valente vivía su cotidianeidad analizando y acariciando palabras, creaba historias sobre ellas cuando comía (percebes, caldo o empanada, si estaba en Galicia) o cuando se compraba unas botas. Le gustaba jugar al equívoco de los significados y decía que debíamos perderle el respeto miedoso a las palabras. Era un hombre simpático y poco solitario tal y como yo le recuerdo. Necesitaba el silencio, tanto estar con sus amigos e indignarse por la actualidad, discutir y ganar, hablar, descubrir aspectos nuevos de la vida y del arte. Por eso le gustaba estar en contacto con la gente. José Ángel Valente: su obra es tan poderosa que se reforzará y extenderá con el tiempo traspasando los límites algo artificiales de las disciplinas artísticas. La huella de su persona nunca dejará de acompañar a los que tuvimos la inmerecida gracia de conocerle.