Carmen Posadas desvela en un libro los secretos de la Bella Otero

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Algunos de los trajes que la cupletista enviaba a Valga acabaron vistiendo a los santos, según la escritora Quién no ha oído hablar de la Bella Otero. La bailarina universal que enamoró a zares y príncipes desde los teatros del mundo. Pero las miradas se vuelven ahora hacia Valga, localidad donde nació la verdadera Agustina Carolina Otero. La historia y la leyenda de esta fascinante mujer está recogida por Carmen Posadas en un libro que ella misma define como «una historia a dos voces». La obra, ya a la venta, sirve para desvelar alguno de sus secretos, como las cartas que enviaba al cura de su pueblo.

11 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

CARMELA UZAL VILAGARCÍA Todos los mitos esconden bajo su aureola algún matiz pintoresco que revela su parte más humana. Y las piernas más atractivas de los teatros de París no son una excepción. Para escribir su historia, Carmen Posadas tuvo que realizar un riguroso trabajo de investigación. Niza, París, Nueva York, e imprescindiblemente Valga, localidad que vio nacer a Agustina Carolina Otero. Ya conocida como la Bella Otero, aquella joven valguesa, que ahora tenía a sus pies a zares y reyes, guardaba celosa correspondencia con el cura de Carrandán. Este era, al parecer, el único contacto que mantenía la cupletista con su pueblo natal, ya que la relación con su familia era inexistente. En una de esas cartas, comunicaba al párroco que en breve le enviaría los trajes que había desechado para sus espectáculos con la intención de que fueran entregados a los pobres. Una imagen que bien podría ser recogida en lo más granado del esperpento. «Así que el cura, que era un tipo bonachón, buscó mejor función para estos vestidos», según relata la autora del libro. Por evitar que la miseria fuese vestida de lamé, curiosamente esas telas acabaron por emplearse para cubrir las vírgenes de las capillas. No se logró encontrar ninguno de esos mantos pero la leyenda llevó a Carmen Posadas hasta la capilla del cura de Carrandán. En este lugar se guardan dos cuadros en los que las imágenes, con la cara y las manos de cartón, visten de satén y pequeñas lentejuelas. También se halló, escondido en la sacristía de la iglesia de Riquián, una tela art decó muy de la época. Aunque la escritora y su colaboradora en la investigación, Alicia Caicoya, no puedan saber a ciencia cierta si esos atuendos pertenecieron a la Bella Otero, todo apunta a que el mito esconde un poco de realidad.