Discípulo de Menéndez Pidal y referente en la historia de la lengua, era el académico más anciano Rafael Lapesa Melgar falleció en la madrugada de ayer en su casa de Madrid, a falta de una semana para cumplir los 93 años, y después de luchar tres contra una grave enfermedad. El académico de la lengua de más edad, el filólogo de referencia en España y alumno de Menéndez Pidal y Américo Castro será enterrado hoy en la más estricta intimidad.
01 feb 2001 . Actualizado a las 06:00 h.El funeral por Rafael Lapesa, un hombre de profunda religiosidad, tendrá lugar el lunes en los Jerónimos. Según quienes le conocieron, Lapesa era, sobre todo, un hombre bueno. Laín Entralgo -compañero y amigo durante sesenta años- aseguraba con seriedad: «Este hombre es un santo». Ayer estaba profundamente consternado por la pérdida de un amigo. A Lapesa se le considera la figura más preeminente en historia de la lengua española y de su vida laboral destaca la pasión por la enseñanza. Trabajador incansable, con noventa años le molestaba que los mareos le impidiesen escribir. Lapesa terminó su vida ocupado en dos proyectos: la edición de una recopilación de sus artículos y una historia de la sintaxis española. Curioso por naturaleza, se cuenta que en los últimos años decía a sus amigos: «Siento curiosidad por pasar a la otra vida». La bondad de Rafael Lapesa le granjeó a lo largo de su vida la admiración y cariño de sus compañeros de profesión y academias. Dámaso Alonso decía que era «un héroe de la inteligencia» y Jorge Guillén le dedicó un poema en el que le llamaba «hombre esencial». Las frases sobre su desaparición fueron muy sentidas. Víctor García de la Concha, director de la Real Academia de la Lengua, definió a Lapesa como «un hombre que ha vivido en esa austeridad, rodeado de libros, que no ha pensado más que en estudiar y en investigar. Un hombre que, sin embargo, amaba profundamente la vida». Gonzalo Anes, director de la Academia de Historia, a la que también pertenecía Lapesa, dijo que «era la generosidad personificada» pues tomó posesión de su cargo con trece años de retraso para «poder cuidar a su mujer, que padecía una larga enfermedad».