MIGUEL ANXO FERNÁNDEZ CRÍTICA DE CINE Jerry Bruckheimer vuelve a la carga con su estilo visual, tramas huecas y ligeramente reaccionarias, junto a su idea de que el cine o es adrenalina pura o es el caos. Es un productor que se considera autor. Sus directores siguen sus pautas. Son películas idóneas para acompañarse de unas palomitas y un refresco.
27 oct 2000 . Actualizado a las 07:00 h.El plato fuerte de El bar Coyote es justamente todo lo que ocurre en el local. La pueblerina Violet, que llega a la gran ciudad con el sueño de ser cantante, es el hilo endeble que sostiene la trama de principio a fin. Porque el grueso del tejido está entre las paredes del ruidoso bar, al que acuden moteros, ejecutivos, divorciados, separados, blancos, negros... Una especie de melting pot social que vive a tope la noche de Nueva York. Nada de droga, ni violencia, aunque corra el dólar limpio con facilidad. Pero no conviene pasar por alto que produce Buenavista, empresa de Disney. Eso implica buenas maneras. De ahí que estas camareras vistan ropa sexy y bailen de la manera más insinuante, pero de sexo nada. Los clientes siempre a raya, aunque son buenos chicos. Gritan todos como locos, con el chunda-pum-chunda-pum a tope reforzado por el estéreo de la sala. Por supuesto que cae la poli por el local a advertirles de que es hora del cierre o que está sobresaturado de clientes. También el inspector municipal de incendios, que además les pone una multa... Un disparate alucinante que tiene en el chico protagonista (huérfano, por supuesto) al perfecto self made man que todo norteamericano de clase baja aspira a ser. Incluso tenemos la convicción de que no duerme (después de la hamburguesería se da un garbeo por El Coyote y todavía va al mercado de Nueva York a descargar pescado al amanecer...) ¡Ah!: también colecciona cómics raros. Todo esto tufa por mentiroso, pero a cambio conecta con el espectador joven, que flipa con estas camareras de diseño y se deja llevar por esa apariencia guay que el espabilado de Bruckheimer sabe vender como pocos.