ESPECTÁCULO REDONDO

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M.A. FERNÁNDEZ CINE

26 ago 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

Lo malo de Hollywood es cuando quema millones de dólares en maquinitas y fuegos artificiales. Estruendoso cine-fanfarria para el que no existen los personajes de carne y hueso porque los efectos especiales se comen a los actores. Twister fue un caso sintomático. Diez minutos de tornado y se acabó la película porque la hora y media restante era humo. La tormenta perfecta muestra otra cara (y eso que el técnico fue el mismo para ambas). Aquí se recrea una historia real acontecida en las atlánticas aguas de Gloucester el 1 de noviembre de 1991, cuando la confluencia de varios fenómenos metereológicos provocaron la aparición de una tormenta sin precedentes. Una serie de barcos padecieron sus consecuencias, pero, de todos ellos, el pesquero Andrea Gail fue el único que se metió en el ojo del huracán. A priori, podríamos suponer que Wolfgang Petersen se limitaría a poner su reconocido oficio al servicio de una sinfonía de efectos visuales que, al final, sólo sirven para poner a prueba la calidad del sonido en la sala... Sin embargo, no es así. Estamos ante una de esas cintas que sólo Hollywood puede hacer (su presupuesto supera al del cine español de todo el año) y que reivindica el espectáculo por el espectáculo, pero sin insultar al público. La fórmula es sencilla: consiste en cuidar el guión en sus aspectos más elementales de estructura y diseño de personajes. Del primero al último resultan creíbles, aunque en algunos casos sus trazos sean elementales. Hasta George Clooney, una especie de capitán Acab, se olvida de ser un guaperas y se pasa al bando de los actores de carne y hueso. Incluso hay lugar para la emotividad (contiene un par de secuencias extraordinarias entre Mastrantonio y Clooney). Claro que nada es perfecto, ni siquiera una tormenta... El inevitable toque yanqui tiene forma de abnegados equipos de salvamento, con un puñado de valientes «muchachos» que aún en la situación más tensa y comprometida no olvidan el «a la orden, señor». Pero el cine de Hollywood no sería el mismo si no sazonase sus productos con ráfagas como esta. La tormenta perfecta es, por muchas razones, una película para respetar. La principal es que evita que sus personajes se ahoguen en el proceloso mar de la pirotecnia visual. (Ah! Y no sean plastas, no desvelen el desenlace...).